Me he ido. Lo
sé, pero aún estoy aquí; o al menos, lo que queda. Mi vida fue caminar,
esconderme, soportar el aislamiento de las noches entre estas paredes de
cristal. Solo vosotras extenuadas botas atestiguáis que estuve aquí; solo
vosotras sentís el frio que ya no siento, la soledad que fui.
Os veo
tiradas en el rincón frío de este cubículo, al lado del cartón húmedo que ya no
me calienta, ásperas y pétreas pero acogedoras. La una caída al lado de la
otra, como dos estuches vacíos mirando al techo.
¡Quién diría
que fuisteis mis viejas cáscaras, las que sentisteis cada uno de mis pasos,
cada milímetro de asfalto, de escarcha, de cemento duro! ¡Vosotras que
supisteis la hora exacta en que mis pies se hincharon, el momento en que se
congelaron por última vez!
Ana Cristina P. Refojos