Cogí el coche y me dirigí al lugar donde tanto había disfrutado y al que no había vuelto desde hacía algunos años. Atravesé el país para volver a aquella tierra tan estimada, tan calurosa en verano, tan gélida en invierno.
Rememoré los viajes de antaño
realizados en el viejo autobús, que parecía desmoronarse en cada uno de los
baches de la maltrecha carretera. En la actualidad el pavimento era perfecto.
Aminoré la marcha para recrearme en el paisaje y en mis recuerdos. Quería
contemplar el maravilloso panorama de los campos repletos de girasoles, de
vides y de árboles frutales. El olor a campo que entraba por la entreabierta
ventanilla del coche, me transportaba al pasado.
En la lejanía vislumbré la casa.
Llegué la primera por ser la portadora de la pesada y gigantesca llave del
viejo portón, que había heredado de mi madre. Me iba a reunir allí con el resto
de la familia. Debíamos decidir qué hacer con la casa de la abuela fallecida en
la residencia de ancianos, a causa de su Alzheimer.
Al entrar en la oscuridad, el tufillo
a casa cerrada durante meses y los muebles cubiertos con sábanas blancas me
sobrecogieron. Me lancé como un rayo a abrir las contraventanas y las puertas
que daban al patio interior que escondía el jardín, para que pudieran entrar el
aire y la claridad del mediodía. Con los rayos de luz observé que todo
permanecía como lo recordaba desde mi última visita y me dispuse a recorrer el
interior de la casa.
En la planta baja, después de
atravesar el vestíbulo se encontraba el salón, con los retratos de la familia
colgados en la pared y la acogedora chimenea en una esquina. Junto a ella nos
sentábamos los pequeños antaño, para contemplar el chisporroteo del fuego. En
la otra esquina, la mecedora de la abuela, que utilizaba ella después de comer
y en la que se balanceaba dulcemente, para más tarde quedarse dormida. Cuando
despertaba y me relataba sus sueños siempre le preguntaba: ¡Abuela! ¿Tú
sueñas en color o en blanco y negro? Y en el otro lado de la sala el gran
sofá, en el que se sentaban los mayores para charlar y donde de vez en cuando
soltaban la frase ¡cuidado que hay ropa tendida! Años más tarde
comprendí lo que significaba.
En la estancia contigua estaba el
comedor, con su mesa en madera de roble maciza y sus sillas tapizadas con rayas
de varios colores y el antediluviano aparador, lugar de almacenaje de toda la
vajilla.
Le seguía la cocina, sitio de
sacrificio de conejos y gallinas del propio corral. La misma que albergaba en
uno de sus rincones el cuarto de la despensa, siempre provista de víveres para
todos los que se presentaban sin avisar. Platos que se preparaban en el fuego
de carbón, lo que llamábamos cocina económica y cuya lumbre ayudábamos a
avivar con el soplillo.
Por último, al fondo se ubicaba el
baño, visitado en multitud de ocasiones por los niños que correteábamos en el
jardín e improvisada enfermería de los pequeños accidentes infantiles.
Subí al primer piso por las escaleras de madera de altos peldaños, que crujían a cada paso que daba. La soledad y el entorno que me rodeaba me provocaba miedo, a pesar del encendido de todas las luces. Eché un vistazo a las tres habitaciones de camas austeras, vestidas en otra época con sábanas de hilo y amuebladas con enormes armarios con espejos frontales. Sentí la necesidad de entrar en los dos baños para comprobar si seguían conservando el aroma a Heno de Pravia, el jabón preferido de la abuela.
En el ático estaba el enigmático
desván. Era el espacio al que acudíamos todos los niños para escondernos y
disfrazarnos con las ropas, bolsos, collares y sombreros pasados de moda, que
se guardaban en el vetusto armario con el apestoso olor a bolas de alcanfor.
Colgaban de sus paredes viejos retratos de personas desconocidas para nosotros,
que parecían sonreír cuando nos veían vestidos de aquella guisa.
Allí permanecía el viejo y enorme baúl
de roñosos herrajes y viejos candados. Siempre estuvo cerrado con llave.
Teníamos prohibido tocarlo. Nos arriesgábamos a adivinar qué se atesoraba con
tanto misterio. Cuando preguntábamos por su contenido siempre nos contestaban
con evasivas ¡Bah! No hay nada interesante, sólo libros y documentos
antiguos que no son para vosotros. Ahora lo podría saber, pero … ¿Dónde
estaba la llave para abrir aquellos candados?
Rebusqué en todos los cajones de la
apolillada cómoda y en los viejos bolsos que aun permanecían en el armario. Y
en el bolsillo interior de uno de ellos, hallé una. La probé y… ¡por fin iba a
despertar mi curiosidad!
Sacudí el polvo de los libros y
documentos que contenía y empecé a estornudar por culpa de mi alergia. Descubrí
un rosario de nácar, una preciosa mantilla negra, varios abanicos pintados a
mano, viejas muñecas de porcelana, telas con hilos del mismo tono, patrones de
papel, grandes tijeras y accesorios para máquinas de coser, que revelaban el
oficio de la abuela. Encontré fotos y más fotos, algunas de hombres jóvenes
desconocidos para mí. En varias aparecía escrito en el reverso: Prudencio,
Simeón, Juan, Pedro, José ¿Quiénes eran? Sólo reconocí un nombre, José era
el nombre del abuelo, a los demás nos los relaciona con nadie de la familia.
Seguí rebuscando. Surgieron cartas,
documentos y más libros. De repente entre las páginas de uno de ellos hallé un
recorte de un periódico local. Estaba doblado en cuatro partes, el papel casi
se rompía, su color amarillento denotaba la antigüedad del mismo, lo desdoblé
con sumo cuidado y empecé a leer la siguiente noticia:
Varios jóvenes de nuestra villa han
perdido la vida arrollados por un tren de cercanías. Volvían de las fiestas del
pueblo colindante y, al parecer, por la escasa luz existente en la zona,
decidieron seguir las vías del tren para no perderse. Sus nombres eran
Prudencio, Simeón, Juan y Pedro, todos ellos pertenecientes a familias muy
conocidas de nuestra localidad.
Cuando llegó mi hermana le pregunté si
ella conocía algo sobre lo sucedido. Me contó que en una ocasión oyó que el
abuelo en su juventud había sufrido una gran depresión por la muerte de varios
amigos. Había sido la única vez que él no les había acompañado por encontrarse
enfermo ¡Así son las cosas del destino!, me dijo.
La historia me resultó muy triste y comprendí el afán que tenían los abuelos de prevenirnos del cuidado que debíamos tener al regresar a casa cuando volvíamos tarde de las fiestas. Entonces comprendí por qué el abuelo siempre nos esperaba despierto, con la excusa de que no sabíamos cerrar bien el portón.
Las horas fueron pasando y terminó por
aparecer el resto de la familia. Volvimos a reunirnos en el salón, aireado y
lleno de luz. Recordamos viejas historias y aquella casa recobró de nuevo la
vida de antaño. Ahora eran mis sobrinos los que jugaban en el jardín. Entonces
rememoré la poesía que un día escribí para describir la historia de la casa de
mis antepasados.
Largos
silencios.
Grandes
sonidos.
Risas,
llantos.
Sueños
convertidos en realidad.
Historias
sin acabar.
Ascendientes.
Descendientes.
Las mismas
paredes.
Profundos
sentimientos.
Misteriosos
lugares.
Viejos
árboles.
Nuevas
flores.
Animales
vivos en el jardín.
Juegos
infantiles.
Charlas
familiares.
Reuniones
amigables
en el gran
comedor
Nacimientos,
bodas, muertes.
Y otra vez
vuelta a empezar.
Así se
escribió la historia.
En tu
interior
Después de una opípara comida
preparada con esmero por las mujeres de la casa, decidimos que debíamos
mantener aquella feliz idea, para que siguiera siendo el lugar de nuestras
futuras vacaciones y el lazo de unión de nuestra familia.