Sentí un escalofrío cuando abrí la puerta. Nunca pensé ver aquella monstruosidad. Antonio había nacido con defectos físicos bastante escalofriantes. Era notorio que le habían operado cirujanos plásticos y el resultado había sido un fiasco. Parecía mucho más joven y hasta le había salido pelo.
Antonio. ¿Era él? No podía creerlo.
Sin embargo, su voz y su risa inconfundibles me llevaban a ello. Pinchito
colorao, me había dicho risueño al abrir la puerta, y nadie salvo él me ha
llamado así desde que éramos niños. Ni siquiera tía Amalia, siempre tan
chungona. Era como un código secreto: pinchito colorao, mamburro,
nos decíamos el uno al otro, antes de sacudirnos la badana entre bromas y
veras. Pero de esto hacía tanto tiempo que casi lo había olvidado, y a pesar de
que el timbre de su voz era más grave, propio de un hombre ya maduro, me
vinieron a la mente las bromas de muchachos; pinchito colorao la cola te he
cortao. Mamburro la tuya te la ha comido un burro. Las carreras por la
calle, los trompicones, los pitillos fumados a escondidos. Toda mi infancia
acudió de pronto a mi memoria al escuchar su voz en aquel desconocido. ¿No me
reconoces, pincho? Mi cara de sorpresa no pareció extrañarle. Con una
sonrisa de oreja a oreja, se quitó la peluca. En su cabeza pelona todavía
quedaban algunos cabellos rubio ceniza. Sacó de su bolsillo un rotulador y se
pintó una mancha en la mejilla izquierda, donde Antonio tenía aquella extensa y
horrible lesión cutánea, probablemente un angioma. Mamburro, donde te has
metido, hace mil años que no te veo, le dije convencido, contento de
verlo de nuevo, impaciente por saber de él, después de tantos años.
Antonio me explicó su transformación.
Efectivamente, había pasado por el quirófano varias veces, además hacía deporte
regularmente para mantenerse en forma. Su carrera estaba repleta de éxitos,
pero su vida sentimental era un melodrama. Se había casado dos veces, la
primera con una vieja loca que le hacía la vida imposible, pero que murió
pronto dejándole un estupendo negocio y una estancia en Rosario con 900 vacas,
que nunca había visto ni en foto. De ellas se ocupaban don Clodomiro, el
capataz y los peones. Su segunda mujer, y antigua querida, un bellezón, le
salió puta y se la pegaba
con sus mejores amigos. Sobre todo con
un subsecretario peronista, más malo y más cabrón que el diablo. Tuve tiempo
de poner mi dinero en la hucha cuando lo del corralito, casi no me birlaron
nada
Todo esto me lo contó mientras
cenábamos en el restaurante de lujo adonde fuimos a celebrar el reencuentro. Macanudo,
pincho. ¡Que bueno verte de nuevo en la madre patria. No vos cambiaste nada.
¡Bárbaro, ¿Como vos lo hacés?. -Tú si que has cambiado mamburrito, estás
hecho un galán. –Mi platita me ha costado, pero estoy hecho una mierda
por dentro. Myrta me ha coronado y no puedo matarla porque no sabría vivir sin
ella. Anda, vamos a tomarnos unas copas que no quiero echarme a llorar .
Casi tuve que pelearme con él a la
hora de pagar.
––No pincho, es cosa mía. Yo te he
sacado de casa para hablarte de esa puta que me está matando.
––De ninguna manera, estás en Donosti
y aquí no tienes vara, protestaba yo, al final, aceptó resignado.
––Bueno, pero solo esta vez., y déjame
que te haga un regalo. ¿Te siguen gustando los toros?
––Sí, ¡Por qué?
––Mañana te enviaré un abono para la
feria de Bilbao. Soy amigo del represente de Manzanares. Me dijo
mientras cruzaba la calle tambaleante para tomar un taxi.
A la mañana siguiente, encontré en el
bolsillo de la americana la tarjeta que me había dejado al despedirse.
Dr Antonio Sáez Letamendía
Ingeniero director de L C A Enterprise
123, avenida de Cordoba, planta 6, B
departamento 32 Buenos Aires
Picado por la curiosidad, corrí a mi
ordenador y busqué en Google. Ni rastro del doctor Sáez Letamendia, ni de la
empresa LCA Enterprise. En Google Earth encontré el número 123 de la avenida
Córdoba; era una residencia de 3
plantas con un pequeño jardín al
fondo. Y fue entonces cuando me di cuenta de que me faltaba la cartera. El
cabrón del mamburrito me la había robado.
Corrí a la comisaría más cercana a
formular la denuncia. El agente me escuchó con frialdad y atención
profesionales. Examinó atentamente la tarjeta y consultó su ordenador.
Entonces, soltó una gran carcajada y me explicó. El señor Letamendía, alias
cara pintada, esta interno en el Soto del Real desde hace siete años.