El ruido de los motores lo
invadía todo. Un ruido indefinido, que provenía de todas partes. Un ruido
estruendoso, que sobresaltaba a todos los que estábamos allí. Un ruido que nos
podría haber hecho hasta tambalear, e incluso caer sobre la dura superficie que
nos sostenía. La postura marcial, en posición de ataque, con la que
estoicamente abordábamos aquellos tensos momentos, nos mantenía firmes en
nuestras posiciones de combate a pesar de las dificultades.
La comunicación entre nosotros se
hacía imposible o muy difícil, provocando sensación de alarma y de inquietud. A
veces el fragor disminuía, pero por su potencia permanecía en la memoria
auditiva durante un rato: el suficiente para que el estrépito volviera a sus
cotas de carga insoportable.
A mi derecha, al igual que yo,
una docena de combatientes miraban al frente. A mi izquierda, otro tanto.
Detrás, un par de hileras bien alineadas se apretaban en el parco espacio en
que se encontraban. Todos guardábamos el tenso silencio que precede a la
batalla y que era ahogado por el rugido de aquellos monstruos de metal que,
como ignorantes de nuestra presencia, pasaban veloces, al margen de lo que se
avecinaba
Enfrente, el panorama era
similar: luchadores de toda edad, género y condición se agolpaban mirándonos
con ceño desafiante. Los había mayores y pequeños, hombres y mujeres, blancos y
negros, chinos y japoneses. Como nosotros, en silencio; el silencio del que
espera impaciente que llegue el momento trágico de la verdad.
De pronto, cerca de donde me
encontraba, una mujer ya algo entrada en años, de pelo blanco y tez
achocolatada, blandiendo su arma con mango y punta en forma de estilete,
adelantó inquieta su pierna derecha en señal de avance. Instintivamente, sus
dos lugartenientes, a izquierda y derecha, le pasaron un brazo por delante a
modo de barrera: había que esperar la señal; no se podía avanzar sin haber
recibido la orden de la superioridad. El desorden entre quienes constituíamos
aquellas escuadras podría pagarse muy caro.
También al otro lado parecía que
la disciplina amenazaba con romperse en cualquier momento. Un miembro del grupo
había salido desde atrás. A codazos, sorteando las hileras en formación, había
logrado alcanzar la primera línea. Y cuando se disponía a lanzarse hacia
nosotros fue fuertemente atenazado por alguien que le había seguido presuroso,
con la inestimable ayuda de un joven calvo con aros en las orejas y macuto en
bandolera del que sobresalía algo que parecía un arma corta con mango curvo. «¡Quieto
ahí, hasta que nos podamos
mover! ¡Plas!» Se pudo escuchar desde nuestra orilla, siendo tan
fuerte el grito como el zurriagazo que lo acompañó. El individuo -un varón
alto, fuerte y vigoroso- volvió cabizbajo a su posición en la formación
rezongando algo que desde aquí era imposible saber, pero que todos suponíamos.
Nadie podía inhibirse de aquella
misión. La instrucción marcial parecía eficiente en ambos bandos.
El tiempo pasaba. El ruido no
disminuía. La tensión de la espera iba en aumento. Aquí y allá, el silencio
nervioso de los que esperábamos para arrojarnos sobre los otros era atronador,
insoportable. La señal que esperábamos no llegaba. La impaciencia se adueñaba
de todos. Sin embargo, había que esperar, firmes, en actitud de alerta, porque
luego la vida podía depender de unos segundos. Sabíamos que cuando la señal de
ataque sonara nos tendría que encontrar a todos con la máxima concentración,
pues había que abordar nuestro destino sin perder ni un segundo. El objetivo
era alcanzar la otra orilla sin que la masa que velaba armas enfrente, y cuya
amenaza se cernía sobre nosotros, lo impidiera.
De pronto, sin transición alguna,
sin dar un ápice de esperanza, el ruido desapareció. Un silencio ambiental
espantoso lo inundó todo. Sabíamos que la señal iba a llegar en cualquier
momento. Todos, ellos y nosotros, tensamos los músculos, aumentamos nuestro
ritmo respiratorio, nos deshicimos de cualquier obstáculo que nos pudiera
impedir el avance rápido. En nuestras huestes algunos se agarraron de la mano o
incluso del brazo, otros se calaron la gorra, el casco, la boina o lo que
llevaran sobre la cabeza, varios se guardaron las gafas: todos se pusieron en
posición de combate. Había que llegar al lado opuesto, y quienes estaban frente
a nosotros compartían el mismo objetivo. Con los ojos entornados y las cejas
ocultando los párpados, las miradas mutuas parecían balas trazadoras en el
espacio que aún separaba a ambos bandos. El choque devenía inevitable.
Y llegó la señal lumínica,
parpadeante, verdosa, acompañada de unos efectos sonoros -pi, pi, pi…- que, a
ritmo trepidante, anunciaban el comienzo de la batalla. Ya no había marcha
atrás.
Como si de un nuevo paso del Rubicón
se tratara, todos nos lanzamos a cruzar aquella avenida de seis carriles:
los de aquí y los de allá. Al fin, el semáforo se había puesto en verde.