2025: EVA (Asun Olaskoaga)

Le bastó oír el clac de aquella puerta para evocar la noche de San Juan del año de su graduación. El clac con el que dejó tras de sí su primer amor, el más intenso de su vida, Eva.

Solo el portal seguía igual: los árboles del paseo eran ahora más altos y apenas les quedaban algunas hojas que habían sobrevivido al otoño. La librería donde compraban los libros de texto “La universal”, lucía el cartel de “Se vende” y la circulación, ahora intensa, había convertido la avenida en una de las más ruidosas de la ciudad. Una mujer salió del portal, comprobó con alivio que no era ella, y pudo ver que la pintura del interior, con aquel paisaje chinesco de moda años atrás, tenía los colores ajados, que también había sufrido el paso del tiempo.

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Iñaki llevaba más de veinte años sin volver a la ciudad en la que había crecido. No tenía ningún motivo para hacerlo porque sus padres habían regresado al pueblo tras la jubilación y era allí donde los visitaba. A él una beca le había llevado a EEUU y allí había formado una familia donde nacieron sus hijos que escuchaban con extrañeza sus anécdotas de infancia.

Había vuelto a enterrar a su madre. Le pesaba. Se sentía viejo. Se había convertido en el mayor de la familia y las gestiones de la herencia, tan tediosas le deprimían. Heredaba solo una casa de pueblo llena de recuerdos y de objetos inservibles que su madre había ido almacenando desde que vendieron el piso de la capital para redondear su pensión, ¿qué podía hacer? La pondría en venta. Dudaba de que sus hijos estuvieran interesados en conservarla. Para el funeral encargó varios ramos de flores blancas para la iglesia y una misa semanal durante un año por su alma quizá, por eso el sacerdote no dejó de alabarla y repetir lo buena cristiana que había sido. Al salir los vecinos le abrazaron recordándole lo orgullosos que sus padres estaban de él “orgullosos sí, pero solos”, pensó con tristeza.

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Aquella noche de San Juan de 1993 celebraban la licenciatura, un verdadero descanso tras seis años de estudios, de fines de semana entre libros y prácticas de hospital. Se sentía eufórico con su título y su número uno de la promoción y guapo con el traje nuevo que su madre había comprado “te queda como un guante” le había dicho, si, se sentía bien, se miró al espejo, se mesó su abundante pelo y sonrió; salía a comerse el mundo o al menos a divertirse y a tentar la posibilidad de acercarse a Eva la compañera de la que estaba secretamente enamorado.

Le resultó tan fácil ligar ... Sin duda las botellas de cava que corrieron por la mesa ayudaron. Fue ella quien se echó a sus brazos para bailar las pocas piezas a lo “agarrado” que sonaron y él, al estrechar aquel cuerpo tan esbelto, al aspirar su olor a perfume caro, al sentir su cabeza reposando sobre su hombro se sintió aturdido, como si hubiera sucedido un milagro, como si fuera víctima de una ensoñación. Pero aquello era cierto, tan cierto que hasta le susurró al oído la propuesta de acabar en su casa para tomar la última copa –mis padres no están– dijo y notó como le empujaba hacia la salida. Se marcharon entrelazados, sonrientes, como van los enamorados.

Se despertó tarde, bien entrada la mañana. Los rayos de sol se filtraban dando un tono dorado a las paredes pintadas de rosa, un color extraño, pensó, y buscó el calor del cuerpo de Eva, pero no estaba.

Sorprendido se puso los pantalones y salió descalzo.

–He prometido a mi madrina ir con ella a la joyería. Me quiere regalar un anillo, es su obsequio por el fin de mis estudios. Puedes quedarte un rato más, Fermina, la asistenta, está en casa pero es una mujer discreta, no te preocupes.

Recostada sobre la biblioteca Eva emanaba un magnetismo del que Iñaki no podía escapar. Un vestido discreto envolvía su cuerpo, con la elegancia que solo la ropa de calidad consigue, unas botas altas, impropias para aquella época del año, le daban el aire distinguido que solo se consigue tras generaciones de abundancia. Iñaki observó que tras ella colgaba un cuadro, de los de verdad, que representaba a una mujer joven con un peinado pasado de moda y una blusa azul.

–Es tu madre ¿verdad? Eres igualita.

Ella agachó la cabeza en un gesto de modestia –gracias, es muy guapa– musitó. Luego le besó, cogió el bolso y salió dejándolo solo.

Entonces se sintió fuera de lugar, como si él fuera una visita incómoda. Aquella habitación decorada con gusto exquisito, con la biblioteca llena de libros colocados con un estudiado desorden, no se parecía en nada al salón de televisión y tresillo de su casa, ni las paredes pintadas recientemente de blanco por sugerencia suya podían eclipsar la distinción de aquellas tan rosas, un color tan raro para interiores, pero que combinaba a la perfección con el mobiliario de aire rústico.

En su casa no había ninguna Fermina, era su madre quien limpiaba la casa tras su jornada de trabajo como auxiliar en el hospital. Los libros de la biblioteca eran todos nuevos, adquiridos por el, porque sus antepasados llegaban a casa demasiado cansados para entretenerse en lecturas y ganaban lo justo para alimentarse. Pensó que Eva era la mujer de sus sueños pero no la de su vida, que, ella tampoco iba a encontrar su lugar en una casa tan modesta como la suya que a él su madrina le iba a regalar una botella de champán Codorniú que tomaría la familia en la cocina. Así que se calzó, cogió sus cosas, cerró la puerta y se marchó. El clac de la puerta del portal, tan pesada, tan Art deco, permaneció por siempre en su recuerdo.