Habían decidido darse una última oportunidad, reservando una habitación
en un hotel rural, en aquella localidad de calles empedradas, asociada en el
recuerdo a su primer encuentro en una juventud lejana.
Habían decidido realizar el viaje de manera independiente, en dos coches,
para sentir la libertad de poder atravesar el puente del río Aragón Subordán en
dirección contraria, de vuelta ante un posible final cargado de reproches.
Habían decidido olvidar las razones y los balances enfrentados, las
causas de tanta desdicha, para abrir un pequeño resquicio al encuentro en un
espacio común.
Habían decidido viajar a pesar del pronóstico del tiempo, que anunciaba
un cielo encapotado, un día de color oscuro, con probabilidad de viento y nieve,
como un desafío ante las dudas.
Habían decidido tantas cosas…
Tras dos horas de larga espera, el sobresalto de la llamada telefónica fue
como un presagio, como un aguijón clavado en el pecho, antes de que ella
decidiera responder con un “Sí, dígame”, cargado de temblor que, poco a poco,
fue inundando su rostro de lágrimas.