A pesar de que el frio gélido de noviembre empeoraba su dificultosa respiración, Laura insistió en tener todas las ventanas abiertas de par en par. Incluso después de haber lavado el vellón recién esquilado cinco veces en agua tibia, el hedor a borrego impregnaba hasta el rincón más recóndito de la cabaña.
A través de un hueco en el edredón de plumas que la cubría, Laura me
dirigió una de sus sonrisas cada vez menos frecuentes.
—Mueve tu culo perezoso y echa más leña en la estufa, estoy helada. Luego,
ayúdame con los pedales, anda. No tengo fuerzas.
Cada viernes, después de arreglar tuberías congeladas, instalar
calentadores de agua de segunda mano o cualquier otro trabajillo ocasional que
pudiera pillar, yo iba de casa en casa a recoger las sobras que los vecinos nos
dejaban para hacer tintes orgánicos con los que ella quería teñir la lana.
Sacos rebosantes de piel de cebolla, restos de remolacha y bolsas usadas de
té estaban esparcidas por el suelo de la cocina. Tiras de cáscaras de plátano
colgadas de ganchos pequeños compartían espacio con llaves inglesas y
cortatubos en mi taller. Frascos llenos de clavos oxidados, empapados en
vinagre de sidra para fijar el tinte, se amontonaban en el garaje.
Con un artilugio especial que rescató del caserío de su tío, pasábamos todo
el día escarmenando la lana, peinándola con mucha cautela para no romper las
hebras. Por las tardes Laura la hilaba con la rueca de su abuela. Mientras yo
daba a los pedales, ella torcía las fibras de la lana hasta conseguir que un
hilo de grosor bastante desigual serpenteara alrededor del huso de teca. Pero,
para ella, todo era perfecto.
—Cada nudo en el suéter te recordará a mí.
Entretanto, ella canturreaba tonadillas ancestrales de trabajo y me miraba
con ojos llorosos. Los dos sabíamos que no le quedaba mucho tiempo.
—Quiero que esta prenda sea un regalo especial para ti, sólo para ti.
Antes de llevarla en brazos a la cama, mi última faena de la tarde era
mantener mis manos extendidas mientras ella hacía madeja tras madeja y dejar
los ovillos a remojo en uno de los tres cubos de zinc, según el color con el
que quisiera teñirlos; rojo bermejo, ocre o violeta.
2
Me regaló el suéter de punto en Nochebuena, la última que pasaría con ella.
Cuando me lo ponía, me inundaba una energía especial, un ardor dulce que nunca
antes había conocido. Un regalo maravilloso. Una obra de arte y de amor. Sentía
mis músculos más poderosos, más esculpidos. Era como si Laura me abrazara de la
misma forma que cuando era capaz de hacerlo.
Todo el mundo comentaba lo bonito y perfecto que era para el frio invierno
que estábamos teniendo.
En víspera de Reyes, me lo puse para despedirla en lugar del negro
tradicional.
3
El último día de abril, en medio de una fuerte bajada de temperatura,
conocí a Margarita cuando fui a reparar su caldera y, dos días más tarde,
quedamos para tomar algo. La mañana siguiente, mientras desayunábamos en su
salón, ella se fijó en mi jersey. Yo no quería entrar en muchos detalles, me
limité a decirle que era un regalo.
Al salir de la ducha, Margarita lo llevaba puesto y se admiraba en el
espejo.
—Mira, me queda bien, ¿no?
De repente, la ventana de la habitación se abrió con una fuerza brutal. El
semblante de Margarita cambió. Su sonrisa desapareció y una expresión de pánico
se apoderó de la cara.
—¡No puedo respirar! ¡Quítamelo!
El cuello del jersey se encogía cada vez más, era imposible quitárselo. Las
manos de Margarita se volvieron blancas… azules… Yo tiraba y tiraba en vano.
Ella indicaba con su cabeza hacia el jardín, pero yo no comprendía. Al final
hizo un gesto con los dedos entumecidos y entendí.
Las tijeras de poda se rompieron en pedazos, las de cortar setos se
desafilaron enseguida, pero cogí un alicate de medio metro de mi caja de
herramientas e, hilo a hilo, conseguí liberarla del armazón opresor de lana.
4
Margarita salió del hospital tres días después, con cuatro costillas rotas
y un esguince en cada muñeca. Desde entonces, no devuelve mis llamadas, ni lee
mis mensajes. Hace dos días, la divisé en la calle, pero ella corrió hacia la
otra acera y cogió un taxi.
Solía burlarme de la creencia de Laura en la magia, pero cada vez que
visito su tumba, solo uso ropa de algodón, para estar seguro. Hoy en día, hasta
el aroma del cordero asado me pone nervioso. Su rueca permanece en la sala de
estar. No tengo el corazón o, debo admitirlo, el coraje para desmantelarla. De
vez en cuando, me siento en su taburete favorito y manejo los pedales.
El clic, clic, clic me hace compañía.