Érase una vez una niña a la que no le gustaba nada, pero nada nada, que la besaran. Ella creía que los besos se comían la cara.
Una mañana su abuela acababa de atusarla cuando la puerta se abrió y en la
penumbra del pasillo, una sombra, negra y con mantilla, la levantó en volandas,
la estrujó y le plantó un beso a cada lado de su nariz.
Hubiera podido gritar, moverse o dar patadas, pero le daba un miedo
horrible, ¿y si ya no tenía cara?
Su abuela se dio cuenta, la cogió por los sobacos y la llevó a la cocina.
Le frotó fuerte, muy fuerte la cara con algodón y alcohol y le quitó los besos.
La niña corrió por el pasillo hasta su cuarto, se miró al espejo y vio que
tenía cara.
Desde entonces cuando aquella sombra aparecía por el pasillo, la niña
cerraba los ojos y se dejaba aupar, estrujar y besar.
Por fuera ella sabía que su abuela le quitaba los besos. Pero por dentro la
niña no estaba muy convencida, así que corría hasta su cuarto para asegurarse
de que el espejo mantenía su cara.