Aquel día, cuando propuse a Fernando que se presentara al concurso de televisión en el que yo llevaba cerca de tres meses ganando, se negó tan rotundamente que al final yo mismo desistí de la idea. Al ver mi enfado, reculó y me preguntó:
─ ¿Sí o no?
─ Si
─ Vale lo que tú digas, pero ya veremos lo que pasa.
Mis contrincantes eran cada vez más agresivos, estaban tan bien preparados
que el temor a que me ganaran iba cada día en aumento y no, no señor, yo no
estaba dispuesto a perder aquél bote tan fantástico de dos millones de euros
que me permitiría salir de mi aburrida y rutinaria vida. A veces estaba tan
obsesionado que imaginaba que se había urdido un complot para eliminarme del
programa.
Mi plan era perfecto, Fernando se clasificaría (cómo no iba a hacerlo una
persona con carrera de letras y vasta experiencia como escritor) y cuando
llegáramos los dos a la final, él se dejaría ganar por mí (por supuesto de una
forma muy inteligente que no despertara ningún tipo de sospecha). Una vez
tenido el codiciado premio en mi poder, lo repartiría con él.
Fernando se clasificó, todo se desenvolvía según lo previsto. Durante una
semana entre los dos fuimos derrotando al resto de los concursantes “et voilà”
los dos llegamos a la final.
Jamás pude imaginar la locura que se desató. Aquello era como estar en el
cielo, sentirte como la mejor estrella de cine, vamos que estoy convencido de
que Kevin Costner no recibía tantos halagos, entrevistas e invitaciones como yo
aquellos días.
Por fin llegó el día, qué poco faltaba para hacer realidad mis sueños, ya
me veía acariciando esos dos preciosos millones de Euros, pero… FATALIDAD!
Fernando cambió de opinión en el último momento y lejos de guiarme hacia mi
estrellato, se convirtió en el más feroz de mis contrincantes, luchando con tal
tesón y bravura que temí, vaya que sí, perderme en la más cruel de las
derrotas.
Estábamos empatados cuando se suponía que yo debía llevarle una pequeña
ventaja, y llegó la pregunta final. Su turno. El presentador leyó el enunciado:
─ Empieza por…
─ ¿Bla, bla, bla, bla…?
Fernando enmudeció, las manecillas del reloj agotaban los segundos TIC-TAC,
TIC-TAC No me lo podía creer ¡No se sabía la respuesta! Falló.
Y llegó mi turno:
─ Con la O
─ Adivinación que consiste en examinar los trazos que quedan señalados en
las uñas untadas con aceite y hollín.
La tensión se palpaba en el aire, los segundos corrían TIC-TAC, TIC-TAC y
en el último TAC contesté ONICOMANCIA. ¡Y gané!
Si no llega a ser por aquel guionista corrupto…