El recuerdo de aquel dos de enero del sesenta y ocho lo guardo a buen recaudo y permanece imborrable en mi memoria a pesar de las muchas andanzas posteriormente vividas.
A veces, cuando empiezo a contar esta historia, el amigo oyente la continúa
como diciendo: no seas plasta que ya me la has repetido. Hoy tengo necesidad de
exponerla por escrito, aunque me resulta difícil encontrar un lenguaje capaz de
traslucir este sentimiento.
Alboreó más temprano que de costumbre, los témpanos puntiagudos del
carámbano colgaban de los tejados; los vecinos madrugaron con el fin de
desearnos suerte y acompañarnos en el momento de nuestra partida. El autobús de
Iñaki, “el vasco”, nos esperaba junto a otros “desertores del arado”. Nos
tocaba ser testigo, como a tantas otras familias, del éxodo rural, de la parda
emigración de la época. Dentro del autobús supe que era el día y la hora de
poner un punto y aparte tras los primeros quince años de mi historia.
Traté de desempañar el cristal de la ventana y quedó grabada en mí aquella
estampa de hombres y mujeres, compañeros de vivencias, inmóviles en los
umbrales de las casas, agitando las manos en un gesto de amarga despedida y del
pequeño Manolillo en brazos de su madre, estirando los suyos como queriendo
subir junto a nosotros.
Durante largo rato, permanecimos callados los cinco, bueno los seis, si
contamos el gallo, prisionero en la caja de cartón que mi hermano sujetaba
entre sus pies para evitar el balanceo. Atrás quedaba dormido el pueblo blanco,
como cantaba Serrat.
Miré a mi padre pretendiendo entender lo que trasmitía su mirada, lo
entendí más tarde, estaba viendo crecer la desolación, el abandono y la
desesperanza entre los encinares y alcornoques del campo extremeño que veíamos
pasar tras las ventanas. Para mi hermana, con tan solo ocho años, el viaje no
dejaba de ser una aventura. Mi madre nos iba diciendo el nombre de los pueblos
y pretendía animarnos contando alguna leyenda de los mismos. Yo solo pensaba si
seriamos capaces de adaptarnos a la nueva vida y ansiaba verme de nuevo con los
primos y amigos que habían emprendido la marcha años antes.
Adormilados, tras las muchas horas y paradas del viaje, nos despertó la voz
de Iñaki: los de Ibarra, ya estamos. Ya era hora, pensé. Nos señaló el sendero
más corto para llegar a la dirección requerida; el autobús no podía acercarnos
por la estrechez del camino, las maletas no llegarían hasta el día siguiente en
un vehículo más pequeño.
Y así, con lo puesto, a oscuras, nos dirigimos a ese barrio en penumbra,
todavía sin bautizar, que sería nuestro nuevo pueblo.
Nos ayudó a despertar la caricia de una llovizna fina, era nuestro primer
contacto con el famoso sirimiri. Nos despidió el carámbano y nos recibió el
sirimiri.
—No os separéis.
Ordenó mi madre al acercarnos al viejo puente; el rio corría bajo un manto
de espesa y fétida espuma
—¡qué olor a coliflor cocida! ¿siempre huele así? ―preguntó mi hermano con
el pulgar e índice apretando con fuerza su nariz.
¿Quién le iba a decir a él que cincuenta años más tarde seria concejal de
medio ambiente de este pueblo?
—Son las papeleras, nos acostumbraremos enseguida― nos dijo mi padre.
El golpe seco de una sola campanada de la iglesia cercana rasgó el silencio
de la noche para anunciarnos la hora. Nos dirigimos hacia la luz rojiza de un
bar a punto de cerrar, a los pies de un gran bloque prismático lleno de
ventanas, la mayoría apagadas. Me pregunté, ¿aquí, vive la gente? Me recordó
las celdas de un panal. ¿Como se vivirá en uno de estos agujeros colgantes a
los que llaman pisos? ¿a dónde coño hemos venido? Mi madre acariciaba el
medallón de la Virgen de la Salud que colgaba de su cuello.
Tuvimos suerte. El dueño del bar Gaztelubide, tras pasarnos revista, nos
comunicó que la letra A, del tercer piso, de ese primer bloque, era donde nos
esperaban. Subimos las escaleras tratando de no hacer ruido, alumbrándonos con
la anaranjada luz de un chisquero. ¿Como se nos iba a ocurrir pulsar aquel
botón rojo en la pared del descansillo de cada tramo de escaleras?
Mis tíos y primos esperaban impacientes nuestra llegada. Ya no importó el
ruido, soltamos el gallo y todo fueron besos y abrazos entre confetis y
serpentinas que tenían preparadas para ese momento. Pasaríamos juntos unos días
hasta adecuar nuestra nueva casa en un bloque cercano.
El gallo fue el primero y el que más fácil supo adaptarse a la nueva vida.
Pasó a formar parte del gallinero de un lechero que diariamente bajaba del
caserío suministrando leche al vecindario.
Afortunadamente la primera impresión cambió con la llegada del nuevo día,
pero aquel dos de enero permanecerá siempre en mi recuerdo; nada ha podido
relegarlo al olvido.