2023: DEL CARÁMBANO AL SIRIMIRI (Diego Sánchez)

 El recuerdo de aquel dos de enero del sesenta y ocho lo guardo a buen recaudo y permanece imborrable en mi memoria a pesar de las muchas andanzas posteriormente vividas.

A veces, cuando empiezo a contar esta historia, el amigo oyente la continúa como diciendo: no seas plasta que ya me la has repetido. Hoy tengo necesidad de exponerla por escrito, aunque me resulta difícil encontrar un lenguaje capaz de traslucir este sentimiento.

Alboreó más temprano que de costumbre, los témpanos puntiagudos del carámbano colgaban de los tejados; los vecinos madrugaron con el fin de desearnos suerte y acompañarnos en el momento de nuestra partida. El autobús de Iñaki, “el vasco”, nos esperaba junto a otros “desertores del arado”. Nos tocaba ser testigo, como a tantas otras familias, del éxodo rural, de la parda emigración de la época. Dentro del autobús supe que era el día y la hora de poner un punto y aparte tras los primeros quince años de mi historia.

Traté de desempañar el cristal de la ventana y quedó grabada en mí aquella estampa de hombres y mujeres, compañeros de vivencias, inmóviles en los umbrales de las casas, agitando las manos en un gesto de amarga despedida y del pequeño Manolillo en brazos de su madre, estirando los suyos como queriendo subir junto a nosotros.

Durante largo rato, permanecimos callados los cinco, bueno los seis, si contamos el gallo, prisionero en la caja de cartón que mi hermano sujetaba entre sus pies para evitar el balanceo. Atrás quedaba dormido el pueblo blanco, como cantaba Serrat.

Miré a mi padre pretendiendo entender lo que trasmitía su mirada, lo entendí más tarde, estaba viendo crecer la desolación, el abandono y la desesperanza entre los encinares y alcornoques del campo extremeño que veíamos pasar tras las ventanas. Para mi hermana, con tan solo ocho años, el viaje no dejaba de ser una aventura. Mi madre nos iba diciendo el nombre de los pueblos y pretendía animarnos contando alguna leyenda de los mismos. Yo solo pensaba si seriamos capaces de adaptarnos a la nueva vida y ansiaba verme de nuevo con los primos y amigos que habían emprendido la marcha años antes.

Adormilados, tras las muchas horas y paradas del viaje, nos despertó la voz de Iñaki: los de Ibarra, ya estamos. Ya era hora, pensé. Nos señaló el sendero más corto para llegar a la dirección requerida; el autobús no podía acercarnos por la estrechez del camino, las maletas no llegarían hasta el día siguiente en un vehículo más pequeño.

Y así, con lo puesto, a oscuras, nos dirigimos a ese barrio en penumbra, todavía sin bautizar, que sería nuestro nuevo pueblo.

Nos ayudó a despertar la caricia de una llovizna fina, era nuestro primer contacto con el famoso sirimiri. Nos despidió el carámbano y nos recibió el sirimiri.

—No os separéis.

Ordenó mi madre al acercarnos al viejo puente; el rio corría bajo un manto de espesa y fétida espuma

—¡qué olor a coliflor cocida! ¿siempre huele así? ―preguntó mi hermano con el pulgar e índice apretando con fuerza su nariz.

¿Quién le iba a decir a él que cincuenta años más tarde seria concejal de medio ambiente de este pueblo?

—Son las papeleras, nos acostumbraremos enseguida― nos dijo mi padre.

El golpe seco de una sola campanada de la iglesia cercana rasgó el silencio de la noche para anunciarnos la hora. Nos dirigimos hacia la luz rojiza de un bar a punto de cerrar, a los pies de un gran bloque prismático lleno de ventanas, la mayoría apagadas. Me pregunté, ¿aquí, vive la gente? Me recordó las celdas de un panal. ¿Como se vivirá en uno de estos agujeros colgantes a los que llaman pisos? ¿a dónde coño hemos venido? Mi madre acariciaba el medallón de la Virgen de la Salud que colgaba de su cuello.

Tuvimos suerte. El dueño del bar Gaztelubide, tras pasarnos revista, nos comunicó que la letra A, del tercer piso, de ese primer bloque, era donde nos esperaban. Subimos las escaleras tratando de no hacer ruido, alumbrándonos con la anaranjada luz de un chisquero. ¿Como se nos iba a ocurrir pulsar aquel botón rojo en la pared del descansillo de cada tramo de escaleras?

Mis tíos y primos esperaban impacientes nuestra llegada. Ya no importó el ruido, soltamos el gallo y todo fueron besos y abrazos entre confetis y serpentinas que tenían preparadas para ese momento. Pasaríamos juntos unos días hasta adecuar nuestra nueva casa en un bloque cercano.

El gallo fue el primero y el que más fácil supo adaptarse a la nueva vida. Pasó a formar parte del gallinero de un lechero que diariamente bajaba del caserío suministrando leche al vecindario.

Afortunadamente la primera impresión cambió con la llegada del nuevo día, pero aquel dos de enero permanecerá siempre en mi recuerdo; nada ha podido relegarlo al olvido.