—¡Oh, campo mío!, ¿Cuándo te verán mis ojos? ¿Cuándo me será permitido, unas veces en los libros de los antiguos y otras veces en el sueño y en las horas perezosas, beber a sorbos el dulce olvido de la inquietante vida? —dijo Horacio.
—Pues a mí, el campo me pone nervioso. Está lleno de grillos, y ¡es tan
tranquilo!, no hay adónde ir después de cenar, y las polillas se comen las
cortinas y te puedes encontrar con la familia Manson.
—¡Qué cosas dices, Woody!, me hablas de grillos y polillas, ¿no son más
desagradables el estrépito de los cláxones y el humo pestilente del incesante
tráfico de la ciudad? Dices que no hay adónde ir de noche. ¿Acaso puedes ver
espectáculo más bello que la bóveda celeste tachonada de estrellas?
—New York, New York, these vagabond shoes … —canturreó
Woody—. La ciudad que nunca duerme.
Pasear de noche por Times Square rodeado de miles de parpadeantes luces
multicolores. ¡Qué mejor espectáculo!
—Querido Woody, también yo un día me sentí atraído por las falsas
luminarias de la vida urbana, por esa inquietante vida que antes te decía deseo
olvidar. Porque también yo, cuando era joven, veía fascinado las fogatas ante
las tiendas del ejército de Bruto y mi corazón ardía en el fragor de la
batalla. Pero la serenidad y la experiencia, amables compañeras de la madurez,
me enseñaron que no hay fulgor más bello que el de las estrellas, ni actividad
más placentera que el dolce far niente tendido en la hierba con un libro
en las manos.
—Te propongo un plan, querido Horacio. Acompáñame esta noche por la Gran
Manzana y mañana prometo acompañarte en un paseo bucólico por la campiña
romana. Pero, por favor, no me vengas con esa túnica que parece una sábana, y
quítate esa corona de laurel, que ya no se lleva; ni siquiera en las
olimpiadas. Ya te dejaré unos jeans y una t-shirt.
—De acuerdo, Woody. Pero mañana, tú te vestirás con la toga, yo te prestaré
una praetexta, como corresponde a un patricio.
Acababan de encender las infinitas luces de la gran ciudad y a punto
estaban de cerrar los accesos peatonales a Central Park cuando el viejo Horacio
salía de los urinarios, irreconocible, con una frazada en la mano.
—¡Quítate eso de la cabeza! —le ordenó Woody.
Horacio se despojó a regañadientes de su corona de laurel y observó con
amarga resignación cómo Woody la enviaba a la papelera. Se sentía ridículo
enfundado en las perneras de un vaquero, demasiado estrecho para sus piernas
musculosas, y en la ajustada camiseta decorada con la lengua de Mike Jagger.
Durante un par de horas deambularon por las grandes avenidas rodeados de una
ingente multitud multicolor, multiétnica y multicultural, contemplando los
desafiantes rascacielos que Woody, buen conocedor de la gran manzana, mostraba
a Horacio con legítimo orgullo; el romano contemplaba aquel derroche de
luminotecnia, con cierta displicencia, como quien cansado de lo déjà vu escucha
indiferente las explicaciones de un guía rutinario y aburrido.
Juntos descendieron a las profundidades de la urbe, cercados por la
multitud, y se acomodaron, es un decir, en un largo y maloliente vehículo
diabólico que con inusitada rapidez los transportó a un lugar muy diferente que
llaman café Carlyle, donde, como todo el mundo sabe, Woody acostumbra a tocar
el clarinete. Era su hora, su banda le esperaba y el público, ruidoso y
mitómano, empezaba a impacientarse. Woody se esmeró en una actuación pulcra y
efectista, con algunas inspiradas improvisaciones que hicieron las delicias de
la concurrencia. Horacio lo escuchaba aburrido, sin comprender aquella extraña
música tan diferente de los suaves sonidos de la lira, más pendiente de las
jóvenes doncellas, que paseaban entre las mesas gráciles como gacelas, y de los
brebajes que le iban poniendo sobre la mesa y que iba libando uno tras otro.
Woody seguía actuando cuando Horacio cayó rendido en los brazos de Morfeo y en
el generoso escote de una prostituta.
Apartados de las luces de la Gran Manzana, una nubecilla como un lecho de
algodón vino a posarse junto a los dos amigos y, asomándose fuera de la nube,
dos bellos efebos, desnudos como estatuas helénicas, con amables gestos, los
invitaron a entrar.
La mañana siguiente, la aurora de rosáceos dedos pintaba con suaves colores
la campiña romana, y Woody, tras salir del profundo sueño, tomó conciencia de
la realidad. Horacio y él yacían sobre la hierba, vestidos con togas de
inmaculada blancura. Woody sentía una molesta picazón en el ano, de los efebos
no quedaba el menor rastro, y miró a Horacio con desconfianza y recelo.
—Me siento como si me hubieran dado por el culo —comentó.
—Me he tomado esa libertad —respondió Horacio con amable sonrisa.
Beatus ille qui procul negotiis, ut Prisca gens mortalium paterna rura
bobus exercet suis… cantaba
jubiloso, mostrándole con el brazo extendido los amenos prados, las suaves
colinas, las fontanas rumorosas, las rústicas domum de los campesinos. Woody
contemplaba aquel paisaje bucólico y escuchaba atentamente los inmortales
versos latinos, pero al cabo de un rato, la humedad de la hierba, el correteo
de las hormigas bajo la túnica y el vigor del sol naciente, enfocado
directamente en sus ojos, hicieron que se sintiera realmente incómodo; además,
la cantinela de Horacio se le antojaba soberanamente aburrida. Miró a su
alrededor y vio asombrado pollos que se paseaban impúdicamente vestidos de
plumas, campesinos que labraban la tierra, una mujer con su niño atado a la
espada que se inclinaba trabajosamente sobre el arroyo y un burro famélico que
se lamentaba de su triste vida mientras un zagal le golpeaba con una vara de
fresno. Se vio ridículo en su toga y comprobó preocupado que no llevaba nada
debajo. Quiso correr, pero no pudo. Era como si una fuerza misteriosa le
agarrara de las piernas y tirase de ellas arrastrándolo a un lugar inaccesible.
Entonces abrió los ojos, encendió la lámpara y contempló el bello cuerpo
desnudo de Soon Yi que dormía plácidamente a su lado.