2021: DIÁLOGO IMPOSIBLE (Emilio Cuadrado)

  —¡Oh, campo mío!, ¿Cuándo te verán mis ojos? ¿Cuándo me será permitido, unas veces en los libros de los antiguos y otras veces en el sueño y en las horas perezosas, beber a sorbos el dulce olvido de la inquietante vida? —dijo Horacio.

—Pues a mí, el campo me pone nervioso. Está lleno de grillos, y ¡es tan tranquilo!, no hay adónde ir después de cenar, y las polillas se comen las cortinas y te puedes encontrar con la familia Manson.

—¡Qué cosas dices, Woody!, me hablas de grillos y polillas, ¿no son más desagradables el estrépito de los cláxones y el humo pestilente del incesante tráfico de la ciudad? Dices que no hay adónde ir de noche. ¿Acaso puedes ver espectáculo más bello que la bóveda celeste tachonada de estrellas?

New York, New York, these vagabond shoes … —canturreó Woody—. La ciudad que nunca duerme. Pasear de noche por Times Square rodeado de miles de parpadeantes luces multicolores. ¡Qué mejor espectáculo!

—Querido Woody, también yo un día me sentí atraído por las falsas luminarias de la vida urbana, por esa inquietante vida que antes te decía deseo olvidar. Porque también yo, cuando era joven, veía fascinado las fogatas ante las tiendas del ejército de Bruto y mi corazón ardía en el fragor de la batalla. Pero la serenidad y la experiencia, amables compañeras de la madurez, me enseñaron que no hay fulgor más bello que el de las estrellas, ni actividad más placentera que el dolce far niente tendido en la hierba con un libro en las manos.

—Te propongo un plan, querido Horacio. Acompáñame esta noche por la Gran Manzana y mañana prometo acompañarte en un paseo bucólico por la campiña romana. Pero, por favor, no me vengas con esa túnica que parece una sábana, y quítate esa corona de laurel, que ya no se lleva; ni siquiera en las olimpiadas. Ya te dejaré unos jeans y una t-shirt.

—De acuerdo, Woody. Pero mañana, tú te vestirás con la toga, yo te prestaré una praetexta, como corresponde a un patricio.

Acababan de encender las infinitas luces de la gran ciudad y a punto estaban de cerrar los accesos peatonales a Central Park cuando el viejo Horacio salía de los urinarios, irreconocible, con una frazada en la mano.

—¡Quítate eso de la cabeza! —le ordenó Woody.

Horacio se despojó a regañadientes de su corona de laurel y observó con amarga resignación cómo Woody la enviaba a la papelera. Se sentía ridículo enfundado en las perneras de un vaquero, demasiado estrecho para sus piernas musculosas, y en la ajustada camiseta decorada con la lengua de Mike Jagger. Durante un par de horas deambularon por las grandes avenidas rodeados de una ingente multitud multicolor, multiétnica y multicultural, contemplando los desafiantes rascacielos que Woody, buen conocedor de la gran manzana, mostraba a Horacio con legítimo orgullo; el romano contemplaba aquel derroche de luminotecnia, con cierta displicencia, como quien cansado de lo déjà vu escucha indiferente las explicaciones de un guía rutinario y aburrido.

Juntos descendieron a las profundidades de la urbe, cercados por la multitud, y se acomodaron, es un decir, en un largo y maloliente vehículo diabólico que con inusitada rapidez los transportó a un lugar muy diferente que llaman café Carlyle, donde, como todo el mundo sabe, Woody acostumbra a tocar el clarinete. Era su hora, su banda le esperaba y el público, ruidoso y mitómano, empezaba a impacientarse. Woody se esmeró en una actuación pulcra y efectista, con algunas inspiradas improvisaciones que hicieron las delicias de la concurrencia. Horacio lo escuchaba aburrido, sin comprender aquella extraña música tan diferente de los suaves sonidos de la lira, más pendiente de las jóvenes doncellas, que paseaban entre las mesas gráciles como gacelas, y de los brebajes que le iban poniendo sobre la mesa y que iba libando uno tras otro. Woody seguía actuando cuando Horacio cayó rendido en los brazos de Morfeo y en el generoso escote de una prostituta.

Apartados de las luces de la Gran Manzana, una nubecilla como un lecho de algodón vino a posarse junto a los dos amigos y, asomándose fuera de la nube, dos bellos efebos, desnudos como estatuas helénicas, con amables gestos, los invitaron a entrar.

La mañana siguiente, la aurora de rosáceos dedos pintaba con suaves colores la campiña romana, y Woody, tras salir del profundo sueño, tomó conciencia de la realidad. Horacio y él yacían sobre la hierba, vestidos con togas de inmaculada blancura. Woody sentía una molesta picazón en el ano, de los efebos no quedaba el menor rastro, y miró a Horacio con desconfianza y recelo.

—Me siento como si me hubieran dado por el culo —comentó.

—Me he tomado esa libertad —respondió Horacio con amable sonrisa.

Beatus ille qui procul negotiis, ut Prisca gens mortalium paterna rura bobus exercet suis… cantaba jubiloso, mostrándole con el brazo extendido los amenos prados, las suaves colinas, las fontanas rumorosas, las rústicas domum de los campesinos. Woody contemplaba aquel paisaje bucólico y escuchaba atentamente los inmortales versos latinos, pero al cabo de un rato, la humedad de la hierba, el correteo de las hormigas bajo la túnica y el vigor del sol naciente, enfocado directamente en sus ojos, hicieron que se sintiera realmente incómodo; además, la cantinela de Horacio se le antojaba soberanamente aburrida. Miró a su alrededor y vio asombrado pollos que se paseaban impúdicamente vestidos de plumas, campesinos que labraban la tierra, una mujer con su niño atado a la espada que se inclinaba trabajosamente sobre el arroyo y un burro famélico que se lamentaba de su triste vida mientras un zagal le golpeaba con una vara de fresno. Se vio ridículo en su toga y comprobó preocupado que no llevaba nada debajo. Quiso correr, pero no pudo. Era como si una fuerza misteriosa le agarrara de las piernas y tirase de ellas arrastrándolo a un lugar inaccesible.

Entonces abrió los ojos, encendió la lámpara y contempló el bello cuerpo desnudo de Soon Yi que dormía plácidamente a su lado.