Iba caminando por aquella calle, eran las dos de la mañana y una noche más volvía a casa de vacío; había perdido todo el sueldo en un día, otra vez no había tenido suerte. No sabía qué iba a decir en casa, otra vez broncas, lloros y aquel “¡eres un desastre, vete y no vuelvas!”
¡Dónde iba a ir! Allí tenía una cama donde dormir, le daban de comer y le
despertaban para ir al trabajo. Su padre era duro, pero su madre era una madre,
y esas son incapaces de echar a una hija de casa por muy descarriada que esté.
Cuando llegó a casa y entró, tropezó con algo y cayó al suelo. Se encendió
la luz y vio a su padre; estaba de pie enfrente de ella y no la ayudó a
levantarse. Cuando lo hizo, vio que había tropezado con una maleta.
—¡Cógela y vete! —La voz de su padre sonó fría.
—¡Mamá, mamá!
—Tu madre está ingresada en la UVI del hospital, te hemos llamado y no
contestabas.
—¿Dónde está?
—En tu hospital, donde trabajas.
Se dio media vuelta y fue a salir corriendo, pero su padre se interpuso
entre ella y la puerta con la maleta en la mano.
—¡La maleta!
—¡Ahora no, papá!
—¡Ahora sí, vete y no vuelvas más!
Salió de casa con la maleta; cogería un taxi para ir al hospital, a aquella
hora no había autobuses. Se dio cuenta de que no llevaba dinero. Se lo había
jugado todo, hasta el último euro, y no podía sacar de un cajero pues su cuenta
estaba vacía y el banco ya no le daba más crédito por mucho que cobrara una
nómina; ese mismo día lo había sacado todo, hasta el último céntimo, además
aparecía en la lista de morosos.
El hospital estaba a media hora andando y ella siempre iba en el autobús
que ponía la empresa, era gratis. Como la situación era desesperada había que
tomar medidas desesperadas, cogió el teléfono móvil, ¡estaba apagado!, comenzó
a manipularlo nerviosamente, ¡puto cacharro!, ¡nada que no se encendía!, ¡no
era posible, le habrían cortado la línea, sus padres no habrían pagado!
Se sentó en la maleta, empezaron a aparecer imágenes de cuando era niña.
Aquellas partidas de parchís en las que ganaba casi siempre, ¡tenía mucha
suerte!; luego con sus amigas a las que siempre les ganaba a la brisca, aunque
a veces hacía trampas, pues se le daba muy bien; luego era muy buena jugando al
mus ¡tenía mucha suerte!.
Fue con aquel novio, Pascual, aquel jugaba a apostar resultados de los
partidos de fútbol ¡Se ganaba una pasta! Apostaba poco, pero conforme fue
ganando sus apuestas subieron de importe. Llegó un día en que ella se dio
cuenta de que aquello podía darle bastante dinero a ella que ¡tenía mucha
suerte!
Sus padres le dejaban el sueldo entero, había conseguido sacar el título de
Auxiliar de Enfermería y trabajaba en el hospital. Su madre siempre le decía lo
mismo: que ahorrara, el día de mañana se casaría y aunque ellos pudieran
ayudarle en algo, ella debería tener sus ahorros.
Un día Pascual no apareció, le llamó y no cogía el teléfono. Recibió una
llamada, de su prima Mariasun. Había participado en un robo a un banco y lo
habían cogido, parece ser que tenía deudas de juego. Siempre había pensado que
estaba un poco loco y que arriesgaba demasiado, tampoco le importaba tanto,
ella estaba ganando pasta.
Ahora, sentada en la maleta, se acordó de aquel nefasto día en el que había
perdido mucho dinero, casi todo el que tenía; el Madrid era superfavorito, pero
perdió, como tenía todavía algo dinero se recuperaría.
Las lágrimas empezaron a brotar acordándose de la cara de su madre, de
aquella tristeza que vio en sus ojos cuando llegó a casa. Aquel hijoputa del
banco le había llamado para decirle que cuando cobraba sacaba toda la pasta,
que había ido a solicitar un préstamo y que cuando le dijo que debían avalar
sus padres, se fue. Como los conocía les había dicho que yo debía tener
problemas ¡un cabronazo!
La cara de su padre fue peor y el interrogatorio de primer grado, si no es
por su madre no sabía qué hubiera pasado, escuchó por primera vez “¡Eres un
desastre, vete y no vuelvas!”, y su pobre madre diciendo “¡Si ella se va, me
voy yo!”, y el portazo que dio el viejo cuando se fue de casa, seguro que al
bar con sus amigotes.
¡Qué le pasará a su pobre madre!, en los últimos tiempos hablaba poco con
ella, no sabía nada de su vida, sólo pensaba en que aquel día iba a ser su día
y recuperaría todo lo que había perdido.
Despertó en una habitación del hospital Cuando abrió los ojos, vio a Lola,
su compañera de turno. La miraba con cara preocupada, era una buena mujer.
—¿Cómo estás Edurne?
—¿Qué ha pasado?
—Te desmayaste en la calle.
Entonces se acordó de que no había comido más que un bocadillo en todo el
día, se lo había dejado un paciente y lo había aprovechado; aquel día, como
había cobrado, había ido directamente a la casa de apuestas a recuperarse.
—Lola, por favor, ¿puedes ir a la UVI y preguntar cómo está mi madre? Está
allí ingresada, se llama Dolores Martínez.
—¡Claro, no faltaba más!
Lola salió pensado lo buena hija que era su compañera, estando enferma lo
que más le preocupaba era su madre.
¡Aquello iba a acabar! Esta vez iría a aquella asociación que tantas veces
la había dado un papel para que fuera; siempre había pensado que eran unos
petardos, pero iba a ir, de esta vez no pasaba.
Nunca había llorado tanto como cuando vio entrar a su madre. Su padre se
quedó en la puerta. Estaba bien, su corazón había resistido aquel envite.
El sol había salido, el día estaba radiante, una mujer caminaba por la
calle y se detuvo ante una puerta, cogió aire, respiró profundamente y la
empujó. Una mujer con una amplia sonrisa le acompañó a aquella sala donde había
varias personas, todas sonrieron al verla. Cuando apareció aquel hombre todos
se sentaron.
De repente se hizo el silencio y una voz vacilante se escuchó:
—Soy Edurne y soy ludópata.