2020: ¡TENÍA MUCHA SUERTE! (Alberto Lahuerta)

Iba caminando por aquella calle, eran las dos de la mañana y una noche más volvía a casa de vacío; había perdido todo el sueldo en un día, otra vez no había tenido suerte. No sabía qué iba a decir en casa, otra vez broncas, lloros y aquel “¡eres un desastre, vete y no vuelvas!”

¡Dónde iba a ir! Allí tenía una cama donde dormir, le daban de comer y le despertaban para ir al trabajo. Su padre era duro, pero su madre era una madre, y esas son incapaces de echar a una hija de casa por muy descarriada que esté.

Cuando llegó a casa y entró, tropezó con algo y cayó al suelo. Se encendió la luz y vio a su padre; estaba de pie enfrente de ella y no la ayudó a levantarse. Cuando lo hizo, vio que había tropezado con una maleta.

—¡Cógela y vete! —La voz de su padre sonó fría.

—¡Mamá, mamá!

—Tu madre está ingresada en la UVI del hospital, te hemos llamado y no contestabas.

—¿Dónde está?

—En tu hospital, donde trabajas.

Se dio media vuelta y fue a salir corriendo, pero su padre se interpuso entre ella y la puerta con la maleta en la mano.

—¡La maleta!

—¡Ahora no, papá!

—¡Ahora sí, vete y no vuelvas más!

Salió de casa con la maleta; cogería un taxi para ir al hospital, a aquella hora no había autobuses. Se dio cuenta de que no llevaba dinero. Se lo había jugado todo, hasta el último euro, y no podía sacar de un cajero pues su cuenta estaba vacía y el banco ya no le daba más crédito por mucho que cobrara una nómina; ese mismo día lo había sacado todo, hasta el último céntimo, además aparecía en la lista de morosos.

El hospital estaba a media hora andando y ella siempre iba en el autobús que ponía la empresa, era gratis. Como la situación era desesperada había que tomar medidas desesperadas, cogió el teléfono móvil, ¡estaba apagado!, comenzó a manipularlo nerviosamente, ¡puto cacharro!, ¡nada que no se encendía!, ¡no era posible, le habrían cortado la línea, sus padres no habrían pagado!

Se sentó en la maleta, empezaron a aparecer imágenes de cuando era niña. Aquellas partidas de parchís en las que ganaba casi siempre, ¡tenía mucha suerte!; luego con sus amigas a las que siempre les ganaba a la brisca, aunque a veces hacía trampas, pues se le daba muy bien; luego era muy buena jugando al mus ¡tenía mucha suerte!.

Fue con aquel novio, Pascual, aquel jugaba a apostar resultados de los partidos de fútbol ¡Se ganaba una pasta! Apostaba poco, pero conforme fue ganando sus apuestas subieron de importe. Llegó un día en que ella se dio cuenta de que aquello podía darle bastante dinero a ella que ¡tenía mucha suerte!

Sus padres le dejaban el sueldo entero, había conseguido sacar el título de Auxiliar de Enfermería y trabajaba en el hospital. Su madre siempre le decía lo mismo: que ahorrara, el día de mañana se casaría y aunque ellos pudieran ayudarle en algo, ella debería tener sus ahorros.

Un día Pascual no apareció, le llamó y no cogía el teléfono. Recibió una llamada, de su prima Mariasun. Había participado en un robo a un banco y lo habían cogido, parece ser que tenía deudas de juego. Siempre había pensado que estaba un poco loco y que arriesgaba demasiado, tampoco le importaba tanto, ella estaba ganando pasta.

Ahora, sentada en la maleta, se acordó de aquel nefasto día en el que había perdido mucho dinero, casi todo el que tenía; el Madrid era superfavorito, pero perdió, como tenía todavía algo dinero se recuperaría.

Las lágrimas empezaron a brotar acordándose de la cara de su madre, de aquella tristeza que vio en sus ojos cuando llegó a casa. Aquel hijoputa del banco le había llamado para decirle que cuando cobraba sacaba toda la pasta, que había ido a solicitar un préstamo y que cuando le dijo que debían avalar sus padres, se fue. Como los conocía les había dicho que yo debía tener problemas ¡un cabronazo!

La cara de su padre fue peor y el interrogatorio de primer grado, si no es por su madre no sabía qué hubiera pasado, escuchó por primera vez “¡Eres un desastre, vete y no vuelvas!”, y su pobre madre diciendo “¡Si ella se va, me voy yo!”, y el portazo que dio el viejo cuando se fue de casa, seguro que al bar con sus amigotes.

¡Qué le pasará a su pobre madre!, en los últimos tiempos hablaba poco con ella, no sabía nada de su vida, sólo pensaba en que aquel día iba a ser su día y recuperaría todo lo que había perdido.

Despertó en una habitación del hospital Cuando abrió los ojos, vio a Lola, su compañera de turno. La miraba con cara preocupada, era una buena mujer.

—¿Cómo estás Edurne?

—¿Qué ha pasado?

—Te desmayaste en la calle.

Entonces se acordó de que no había comido más que un bocadillo en todo el día, se lo había dejado un paciente y lo había aprovechado; aquel día, como había cobrado, había ido directamente a la casa de apuestas a recuperarse.

—Lola, por favor, ¿puedes ir a la UVI y preguntar cómo está mi madre? Está allí ingresada, se llama Dolores Martínez.

—¡Claro, no faltaba más!

Lola salió pensado lo buena hija que era su compañera, estando enferma lo que más le preocupaba era su madre.

¡Aquello iba a acabar! Esta vez iría a aquella asociación que tantas veces la había dado un papel para que fuera; siempre había pensado que eran unos petardos, pero iba a ir, de esta vez no pasaba.

Nunca había llorado tanto como cuando vio entrar a su madre. Su padre se quedó en la puerta. Estaba bien, su corazón había resistido aquel envite.

El sol había salido, el día estaba radiante, una mujer caminaba por la calle y se detuvo ante una puerta, cogió aire, respiró profundamente y la empujó. Una mujer con una amplia sonrisa le acompañó a aquella sala donde había varias personas, todas sonrieron al verla. Cuando apareció aquel hombre todos se sentaron.

De repente se hizo el silencio y una voz vacilante se escuchó:

—Soy Edurne y soy ludópata.