2020: SOLO SON PALABRAS (Asun Olaskoaga)

Cuando comencé a acompañar a mi madre, ya anciana, en sus paseos, la naturaleza tomó para mí una nueva dimensión: el color y la forma de las nubes; las hojas nuevas de los árboles o las últimas por caer; la subida y bajada de las mareas en la ría… Todo eso que hasta ahora me había pasado desapercibido se convirtió, de pronto, en fuente de conversación porque los problemas domésticos y las noticias habían escapado de su mundo y así fue, como poco a poco, empecé a disfrutar de esa parte positiva y feliz que las neuronas habían operado en ella. El resto, los otros cambios eran tristes.

Y en una tarde de invierno luminosa como pocas, nos sucedió algo sorprendente, una de esas experiencias que reconcilian con la humanidad. Me había costado sacarla de casa, pero una vez fuera me hizo ver las estelas de los aviones en el azul del cielo, los corcones que en marea baja sacaban sus hocicos para tomar aire y los patos hurgando en las algas del fondo de la ría buscando comida. Charlábamos animadamente cuando comenzó a ralentizar el paso y decidí que era mejor sentarnos un rato antes de proseguir.

Echamos de nuevo a andar, pero ya cerca de casa comenzó a arrugarse como si fuera de plastilina, me giré buscando ayuda y para mi sorpresa, un joven magrebí, uno de los muchos que habitan en el barrio y que provocan el temor de los vecinos, se acercó:

—Señora, ¿le ayudo? —Cogió en brazos a mi madre y la sentó en un banco cercano, quise hablar con él, pero me contestó:

—Tengo prisa, señora, llego tarde al trabajo, ¿vive lejos?

—Ahí —dije señalando el portal.

—¿Escaleras?

—Seis.

La cogió de nuevo, abrí el portal y subió con ella los peldaños, después la depositó junto al ascensor.

—Espera, ¿Cómo te llamas?

—Mohamed, soy voluntario en la Residencia de Ancianos y hago prácticas de cocinero en un bar, tengo que irme.

—Me alegro de que seas tan trabajador, no pensaba…

—Tenía 14 años cuando mi amigo murió en el cayuco en el que cruzamos el estrecho, yo lloraba, en el puerto un hombre me dijo: “Has cruzado tu país y has cruzado el mar, eres un héroe y los héroes luchan y se comportan siempre con dignidad y hacen el bien”. Yo no soy ningún mierda, como nos llaman algunos, no he venido a robar o hacer mal, yo me comporto con dignidad.

Mientras subía en el ascensor, deseé con todas mis fuerzas lo mejor para Mohamed. No sé si el voluntario que le ayudó conocerá en qué fecunda tierra había plantado tan sabias palabras, pero habían germinado. Mi madre ya sentada en su sillón se recuperó.

—¡Que chico tan estupendo! —comenté.

—¿No le habrás subido a casa? —me respondió— no hay que fiarse