La noche, sentado en el duro asiento del compartimento del expreso nocturno, ha sido larga. La cabeza de la mujer que va a su lado, abatida por el sueño, cae de forma intermitente sobre su brazo. Si al menos fuera la chica de enfrente, cavila apartándola de sí con un ligero codazo. No puede dejar de pensar en la proposición de Bote. Es arriesgada, pero podría proporcionarle unos meses de tranquilidad, una pasta gansa, suficiente hasta terminar el curso y largarse a Londres o a cualquier otra parte del mundo. Sí, marcharse.
En una de las paradas del tren,
la mujer adormilada abandona su asiento y la ve desaparecer por el pasillo
arrastrando una pequeña maleta. Aprovecha el espacio liberado para estirarse y
descansar su cabeza en el reposabrazos. En pocos minutos se sumerge en un sueño
ligero y piadoso del que despierta con la luz del día. Fin del trayecto.
Cargado con una mochila que hace
encorvar su espalda, se apea en la estación central. Se para unos segundos ante
el edificio principal y lee la frase que destaca por el tamaño y el rojo de sus
letras entre las innumerables pintadas que decoran le fachada principal: Muerte
a los camellos.
Enciende un cigarrillo y empieza
a caminar desganado hacia la salida. Lo más probable es que tenga que esperar
más de media hora al autobús que le acercará al barrio. No tiene dinero para un
taxi y tampoco prisa. Decide hacer andando el trayecto.
Ya en la casa nadie parece
advertir su llegada. Recorre el estrecho y oscuro pasillo hasta la cocina.
Mientras sortea algunos objetos en el desorden de la estancia, le invade de
nuevo el deseo de huir. Aunque algo le dice en su interior que el que no tiene
un lugar donde regresar solo podrá marchar a ninguna parte.
Enciende la luz y ve por fin a su
padre, dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa. Deja la mochila en el suelo
y retira la botella de vino y la vajilla sucia. Le zarandea con suavidad.
—Papá… Papá… ya estoy aquí —le
dice subiendo un poco la voz. El padre levanta la cabeza sin despertarse del
todo. Le mira como quien mira un espectro. También parece regresar de otro
lugar.
Se dirige a su dormitorio, tira
la mochila sobre la cama. Abre la persiana y deja que la luz invernal entre en
la habitación. Oye a su padre diciendo algo que no llega a descifrar y se
dirige de nuevo a la cocina.
—¿Decías algo papá? Tengo que
salir.
—Pero si acabas de llegar. —La
voz del padre suena demandante.
—Volveré pronto. Traeré algo para
cenar —le responde.
Desde el pasillo, cerca ya de la
puerta de salida, le oye decir:
—Ayer llamaron preguntando por
ti. No me dijo quién era…
Mientras baja la empinada cuesta,
antes de llegar al Bukowski, decide dar un paseo hasta el puerto. Aún es pronto
y seguramente Bote no se acercará al local hasta el final de la tarde. Sabe que
la llamada que mencionó su padre es suya. Hay algo en el interés de Bote que le
hace dudar. Presagiar algo oscuro. Nunca se ha fiado de él. No es el único.
Chema, un antiguo compañero de instituto, le había advertido en alguna ocasión:
“Mantente alejado de él. No es trigo limpio. Pasa mandanga chunga y tiene amigos
en la pasma. Juega a dos bandas. ETA le tiene en el punto de mira”. Ahora le
venía a la memoria la advertencia de Chema y en su fuero interno sabía que Bote
era capaz de jugar, no solo a dos bandas, sino a muchas más. Pero necesitaba
aferrarse a la idea de que todo podía salir bien, de que Bote no le estaba
engañando.
La primera vez que hablaron del
asunto quiso enterarse de las verdaderas intenciones de Bote: “Si es tan seguro
como dices, ¿por qué no recoges tú mismo la mercancía?”. Y Bote se había
explayado en palabras y gestos para decir que la policía le tenía fichado, que
le seguían a todas partes mientras él, un estudiante respetable, estaba limpio.
Además, sabía que haría bien el encargo porque era legal y tenía cerebro.
Reconoce que toda aquella
palabrería es interesada, pero en realidad le da igual. Necesita hacer algo. Lo
único que tiene que asegurar es el pago anticipado.
No ha terminado de fumar el
cigarrillo y ya ha tomado una decisión. Apaga la colilla contra la barandilla
de la bahía y la lanza al mar. Ha anochecido. Es hora de volver al Bukows.