Había tardado mucho en recomponer las piezas de su puzle. Días de esconderse hasta de sí mismo, días de escapar, de gritar, de enmudecer, de no sentir... Hasta que, después de varios años, había construido una vida soportable.
Sin embargo, su precario equilibrio iba a saltar por los aires. Él no sabía
todavía que los círculos acaban cerrándose. Indefectiblemente.
Estaba en el mostrador, en recepción. No era su trabajo habitual, él
siempre prefería estar detrás, sin gente; así espantaba mejor sus fantasmas.
Había elegido un hotel para ganarse la vida porque era muy diferente a su mundo
anterior y le ayudaba a no pensar.
Esa tarde había bastantes clientes, la ciudad se iba reconstruyendo y
empezaban a llegar algunos de los turistas que aquella guerra absurda se había
llevado. Estaba inscribiendo a un grupo cuando, al mirar hacia la puerta de
entrada, la vio.
Ella también lo descubrió y el cruce de sus miradas congeló el resto. Todo
se difuminó primero y desapareció después. Y volvió a aquel instante que
concentraba todo el horror, volvió a la otra mirada. La última de ella en aquel
campo de muerte.
Él llevaba allí un tiempo infinito y colaboraba a cambio de seguir vivo, de
retrasar un poco más el final. Aquel día, como siempre, estaba esperando la
llegada del convoy.
Casi había conseguido tirar de ellos como si no fueran personas, sin
mirarlos. Casi había olvidado lo que él mismo sintió cuando llegó. Pero aquel
día, agarró una mano que durante años le había acariciado, la mano de la mujer
con la que compartía la vida antes de que su mundo se destruyera.
Se miraron durante un instante eterno. La mirada de ella de interrogación y
de profundo desprecio. La de él, intentando decirlo todo, vacía.
Después de tanto tiempo, esa mirada había vuelto y le asfixiaba. La
corriente que se creó entre ellos, él pidiendo perdón y ella negándoselo, formó
un lazo grueso y áspero que se le iba enrollando alrededor del cuello sin
dejarle respirar.
Hasta que le asfixió y cayó sobre el mostrador con la mano extendida
queriendo tocar la que un día le acarició.
Así se cerró su círculo.
Y entre el alboroto que se formó a su alrededor, nadie reparó en la
elegante dama de mirada acerada que, indiferente a la tragedia y volviendo
sobre sus pasos, se dirigió a la puerta giratoria y salió.