Soy mudo, cojo y manco. Pero no siempre he padecido estas limitaciones. Todo empezó aquella aciaga madrugada. Un agudo dolor me despertó. El aguijón de un alacrán inyectó su ponzoña en mi cerebro. Un velo oscuro me fue invadiendo lenta pero implacablemente hasta que todo quedó a oscuras. La noche se cernió sobre mí; la noche de la muerte.
Mi despertar en la UCI, tras siete
días en coma, fue lenta y dolorosa, pero la luz se asomaba para adueñarse de
las tinieblas. El día vencía a la noche. Era como el nacimiento de un niño; el
alba del amanecer; la eclosión de una flor. Era la vida.
Mas pronto me apercibí, en la
habitación del hospital, que mi boca estaba sellada, que cuando intentaba
hablar, sólo emitía ruidos guturales, sin sentido. Había enmudecido del todo.
Pero a esta desgraciada pérdida se unió la incapacidad para mover mi brazo y
pierna derechos. Era la parálisis de estos dos miembros. Me sumí en una
profunda melancolía, acompañada de una gran desesperación. Por qué a mí, me
preguntaba, por qué. Siempre había llevado una vida ordenada, nunca abusé de
nada, me sometía anualmente a revisiones médicas generales y, aparentemente, mi
salud era muy buena para mis setenta años. Mi depresión era tal, que mis
familiares, hermanos y sobrinos, estaban preocupados porque creían que tampoco
podía oír, que también me había quedado sordo, ya que a sus palabras de cariño
no reaccionaba con gestos o movimiento alguno.
Fui tratado durante meses por los
mejores especialistas, pero los progresos fueron muy limitados. Tuve que
aprender a manejar la mano izquierda para todo, y pasé a depender de una
persona, un cuidador, expresamente contratado para permanecer a mi lado de día
y de noche, seis días a la semana.
Al cabo de cuatro meses del infarto
cerebral, he empezado a salir en silla de ruedas en compañía de mi cuidador,
siempre que hace buen tiempo. El parque es el destino habitual. Allí paso horas
y horas, y a medida que transcurren los días, mi espíritu se ha ido
tranquilizando, mi carácter suavizando y mi boca ha empezado a sonreír. Mis
otros sentidos se han ido adueñando de una sensibilidad desconocida para mí.
Todo lo que me rodea, personas, cosas, palabras, imágenes, o todo lo que se
mueve, lo escruto, lo observo, lo analizo y lo siento.
El parque es ahora mi vida, el oasis
en donde mis sentidos beben para saciar la sed de una boca que no habla pero
que está seca; para alegrar unos ojos tristes por la desgracia; para deleitar
unos oídos sordos para la felicidad. Ahora veo surcar la nubes en el cielo
formando frágiles figuras de animales o de monstruos; veo los vencejos
chillando en su frenético y veloz aleteo; veo las abejas viajando de flor en
flor hasta aterrizar en una que aún no ha sido saqueada por otras que la han
precedido; veo las hormigas caminando en fila india, afanadas, cargadas de
alimentos rumbo a sus catacumbas, y alguna rezagada yendo y viniendo y girando
sin rumbo; veo a las lagartijas tomando plácidamente el sol y huyendo al menor
ruido con febriles latigazos; veo también mamás dando el pecho a sus bebés que
se duermen felices en sus regazos, parejas de novios cogidos de la mano,
mirándose a los ojos e intercambiando un beso furtivo. Y veo muchas cosas más
que me es imposible enumerar. Oigo el frufrú de las ramas de los árboles y
arbustos; reconozco los conciertos del ruiseñor de los del jilguero o de los de
la alondra; distingo a cierta distancia la fragancia que exhalan las gardenias,
las rosas, los magnolios, la salvia o la lavanda.
Ahora empiezo a ser feliz porque he
aprendido a buscar la felicidad en la propia naturaleza que todos tenemos a
nuestro alcance, pero, que por falta de tiempo o por despreocupación, el hombre
ha ido olvidándola e ignorándola y a veces agrediéndola.
Mis cuatro hermanos se turnan cada
cuatro fines de semana, para ayudarme, hacerme compañía y ofrecerme su cariño.
El último fin de semana, al despedirse, el domingo por la noche, un hermano me
dio como siempre dos besos, pero esta vez, además me miró fija y plácidamente a
los ojos y me dijo: ¡“Hermano, ¡te quiero mucho”! De mis ojos brotaron, por
primera vez desde mi enfermedad, gruesas lágrimas que no pude contener. Mi
corazón se inundó de alegría y de felicidad. Era la resurrección.