2014: RESURRECCIÓN (Tomás Errasti)

Soy mudo, cojo y manco. Pero no siempre he padecido estas limitaciones. Todo empezó aquella aciaga madrugada. Un agudo dolor me despertó. El aguijón de un alacrán inyectó su ponzoña en mi cerebro. Un velo oscuro me fue invadiendo lenta pero implacablemente hasta que todo quedó a oscuras. La noche se cernió sobre mí; la noche de la muerte.

 

Mi despertar en la UCI, tras siete días en coma, fue lenta y dolorosa, pero la luz se asomaba para adueñarse de las tinieblas. El día vencía a la noche. Era como el nacimiento de un niño; el alba del amanecer; la eclosión de una flor. Era la vida.

 

Mas pronto me apercibí, en la habitación del hospital, que mi boca estaba sellada, que cuando intentaba hablar, sólo emitía ruidos guturales, sin sentido. Había enmudecido del todo. Pero a esta desgraciada pérdida se unió la incapacidad para mover mi brazo y pierna derechos. Era la parálisis de estos dos miembros. Me sumí en una profunda melancolía, acompañada de una gran desesperación. Por qué a mí, me preguntaba, por qué. Siempre había llevado una vida ordenada, nunca abusé de nada, me sometía anualmente a revisiones médicas generales y, aparentemente, mi salud era muy buena para mis setenta años. Mi depresión era tal, que mis familiares, hermanos y sobrinos, estaban preocupados porque creían que tampoco podía oír, que también me había quedado sordo, ya que a sus palabras de cariño no reaccionaba con gestos o movimiento alguno.

 

Fui tratado durante meses por los mejores especialistas, pero los progresos fueron muy limitados. Tuve que aprender a manejar la mano izquierda para todo, y pasé a depender de una persona, un cuidador, expresamente contratado para permanecer a mi lado de día y de noche, seis días a la semana.

Al cabo de cuatro meses del infarto cerebral, he empezado a salir en silla de ruedas en compañía de mi cuidador, siempre que hace buen tiempo. El parque es el destino habitual. Allí paso horas y horas, y a medida que transcurren los días, mi espíritu se ha ido tranquilizando, mi carácter suavizando y mi boca ha empezado a sonreír. Mis otros sentidos se han ido adueñando de una sensibilidad desconocida para mí. Todo lo que me rodea, personas, cosas, palabras, imágenes, o todo lo que se mueve, lo escruto, lo observo, lo analizo y lo siento.

 

El parque es ahora mi vida, el oasis en donde mis sentidos beben para saciar la sed de una boca que no habla pero que está seca; para alegrar unos ojos tristes por la desgracia; para deleitar unos oídos sordos para la felicidad. Ahora veo surcar la nubes en el cielo formando frágiles figuras de animales o de monstruos; veo los vencejos chillando en su frenético y veloz aleteo; veo las abejas viajando de flor en flor hasta aterrizar en una que aún no ha sido saqueada por otras que la han precedido; veo las hormigas caminando en fila india, afanadas, cargadas de alimentos rumbo a sus catacumbas, y alguna rezagada yendo y viniendo y girando sin rumbo; veo a las lagartijas tomando plácidamente el sol y huyendo al menor ruido con febriles latigazos; veo también mamás dando el pecho a sus bebés que se duermen felices en sus regazos, parejas de novios cogidos de la mano, mirándose a los ojos e intercambiando un beso furtivo. Y veo muchas cosas más que me es imposible enumerar. Oigo el frufrú de las ramas de los árboles y arbustos; reconozco los conciertos del ruiseñor de los del jilguero o de los de la alondra; distingo a cierta distancia la fragancia que exhalan las gardenias, las rosas, los magnolios, la salvia o la lavanda.

 

Ahora empiezo a ser feliz porque he aprendido a buscar la felicidad en la propia naturaleza que todos tenemos a nuestro alcance, pero, que por falta de tiempo o por despreocupación, el hombre ha ido olvidándola e ignorándola y a veces agrediéndola.

 

Mis cuatro hermanos se turnan cada cuatro fines de semana, para ayudarme, hacerme compañía y ofrecerme su cariño. El último fin de semana, al despedirse, el domingo por la noche, un hermano me dio como siempre dos besos, pero esta vez, además me miró fija y plácidamente a los ojos y me dijo: ¡“Hermano, ¡te quiero mucho”! De mis ojos brotaron, por primera vez desde mi enfermedad, gruesas lágrimas que no pude contener. Mi corazón se inundó de alegría y de felicidad. Era la resurrección.