2016: EL TIEMPO DE ESPERA (Javier G. Aranda)

 Ya estoy aquí. Sentada frente a la puerta de la consulta. Ha llegado el momento. Sale una pareja. Ahora sale la enfermera. Llama por su nombre a una paciente. Una joven y una señora de mi edad se levantan y entran en la consulta.

- ¿Rosario Zanabria? —pregunta la enfermera.

- ¡Presente! —le contesto.

- Usted es la siguiente —dice mientras toma nota.

El joven que espera su turno en la consulta contigua me mira de soslayo. Probablemente le ha sorprendido la forma en que he respondido. Es una fórmula aprendida de niña, en la escuela. Por aquí sólo la utilizan algunas personas de cierta edad. Está tratando de adivinar mi país de procedencia. La mezcla de rasgos orientales y criollos dice que mi origen está en la imaginaria frontera entre Occidente y el Lejano Oriente. ¡Pero en mi cara no está escrito de qué país soy, claro! Ni que hace años que tengo la nacionalidad española. ¡Hasta me tocó ser presidenta de mesa en las últimas elecciones! El mirón ha perdido pronto el interés. ¿Hubiera seguido mirándome si tuviera el aspecto que tenía cuando conocí a mi marido? ¡Ha pasado tanto tiempo! Yo era una estudiante de secundaria; él, un hombre con el servicio militar cumplido. Todavía recuerdo el día que lo conocí. Estaba en casa de sus padres con la que iba a ser mi cuñada.

- ¡Hola! ¿Así que tú eres Charito? Mi hermanita se pasa el día hablando de ti. ¡Ni que fuerais novias! —me dijo. Yo sonreía sin saber qué decir. Fue Pilar la que respondió.

- ¡No seas metiche! ¿No ves lo guapa y buena chica que es?

Antes de dos años estábamos casados. Mucho antes de llegar a los treinta ya tenía mis cuatro hijas. Y mi matrimonio iba camino del naufragio. Creo que cuando le dije que había ido a que me ligaran las trompas fue el punto de no retorno. Se esfumaba su esperanza de tener un varón. Al menos conmigo. ¡Ahora que está viejo y enfermo seguro que valora tener hijas que lo cuiden! Sobre todo Anita, la pequeña. El joven vuelve a mirar. Debe ser que está aburrido de esperar. Porque a mi edad, con mis kilos y sin la belleza que da el dinero, no creo que entusiasme a ningún treintañero. ¡Aunque todavía podría gustar a algún madurito! Si no estuviera casada... Porque, por desgracia, yo me casé para toda la vida. Hace tiempo que ni veo ni quiero ver a mi marido. Pero, si una está casada, está casada. Y a mí no me vale lo de algunas y, sobre todo, algunos que andan distinguiendo entre la legítima y la suplente. Eso no va conmigo. No sé. Quizás si me enamorara de verdad... Como cuando era joven. Bueno, ¡como cuando era joven, no! Esta vez tendría que ser para resolverme el futuro y no para complicármelo como entonces.

La puerta de la consulta se abre. Sólo sale la enfermera. Mi corazón comienza a latir muy fuerte. Todas las personas que están alrededor tienen que estar oyéndolo. No sale nadie más. A poco, la enfermera regresa con un papel en la mano. Me mira, amaga una sonrisa y entra de nuevo en la consulta. Falsa alarma. Todavía no ha llegado el momento del veredicto. Ha pasado casi un mes desde que estuve con la médica de cabecera. Aunque ya llevaba un tiempo con la mosca tras la oreja. Hacía semanas que notaba una molestia en un pecho, cerca del sobaco, justo donde se nota un bultito. Mientras me palpaba, la médica arrugó el ceño. Y no se anduvo con rodeos.

- Lo mejor es hacer unos análisis y una mamografía. Y pedir consulta de urgencia en ginecología.

- ¿Usted cree que es un tumor? —pregunté, con miedo a oír la respuesta.

- Hay que descartar que lo sea —me respondió. Y, tras dudar un momento, aclaró— Y, si lo fuera, cuanto antes lo sepamos, mejor.

- Sí, en eso tiene usted razón —le dije, mientras empezaba a pensar en lo que podía venirme.

- Además —añadió la médica, lleva usted un tiempo en pleno climaterio, camino de la menopausia. No es fácil saber si lo que tiene es normal mirándole y palpándole el pecho. Lo mejor es hacer las pruebas.

Me alegré de que mi médica fuera una mujer y de que tuviera las cosas claras. Aunque confirmó mi sospecha de que podía ser algo grave. Hoy es el día de conocer el diagnóstico. Intenté que me dijeran algo cuando fui a hacerme la mamografía. Pero no sueltan prenda. Sólo te estrujan el pecho como si lo tuvieras de plastilina. No es nada agradable. ¡Si tuvieran que apretarles lo suyo a los hombres entre aquellas dos placas ya habrían inventado un sistema mejor! Bueno, ya está: por fin voy a saber si tengo cáncer. Dicen que se cura. En cualquier caso, si lo que tengo es malo, todo va a ser muy complicado. Porque una cosa es arreglarse sola teniendo buena salud... y otra, estar en tratamiento o que me tengan que operar. Las mujeres que conozco tienen sus propios problemas. Un día o dos pueden hacerte un favor, pero no están para cuidar enfermas. ¡Si lo que hacen es cuidar viejecitas para ganarse la vida! Ya lo dijo Anita cuando le anuncié que me iba.

- Pero, mami, ¿cómo se va usted a ir sola, si apenas se ha movido nunca de esta ciudad?, ¿cómo va a estar sin sus hijitas?, ¿qué va a hacer usted si está enferma? ¿quién la va a cuidar?

- Anita, hijita —le dije mientras la abrazaba—. Aquí mi vida ya no tiene futuro. Ustedes están casadas. Tienen sus maridos. Tus hermanas tienen sus hijos. Tu pronto también tendrás. Y su papi y yo hace tiempo que no nos aguantamos. No quiero ser una carga para ustedes. Encontraré trabajo. Les enviaré lo que pueda para ayudarlas a salir adelante. Y, luego, el tiempo dirá.

- Pero allí, solita... —dijo Anita sollozando.

- Tranquila. Voy adonde mi prima Carmen, que me está buscando trabajo.

Cuando me vine para acá tenía ya olvidado el año que había cumplido los cuarenta. Había dedicado toda mi vida a ocuparme de mis hijas y de la casa. Casi mi único ocio había sido leer novelas. Siempre ha sido mi vía de escape. Sólo durante algunos meses había ayudado a mi cuñada Pilar en su pequeña tienda de comestibles, mientras su marido trataba de recuperarse de un accidente. Pero sus hijos, mis sobrinos, ya estaban crecidos y eran ellos los que iban a ayudar en el negocio. Si una se casa apenas cumplidos los diecisiete no le ha dado tiempo a prepararse para tener un buen empleo. Y así me vine. A trabajar en lo que mi prima me buscó: cuidar a una ancianita. Aquello duró unos meses, hasta que la abuelita se murió. Para entonces ya me habían dicho que donde mejor pagaban era por aquí. Cogí un autobús y me vine. Mi intención era pasar por algún locutorio a ver si había ofertas de trabajo e información sobre algún sitio para alojarme. Pero era domingo. Estaban todos cerrados. Llovía a cántaros. Estaba empapada. Me fui a una iglesia y di con el párroco. Me buscó un sitio para pasar la noche. En pocos días estaba trabajando. Esta vez era un anciano que vivía sólo. No necesitaba alojamiento porque iba a vivir en su casa. Me pagaban bastante bien y ¡me inscribían en la Seguridad Social! El anciano también se murió. Este trabajo es lo que tiene: todos se acaban muriendo. Pero apenas he dejado de estar ocupada en los casi diez años que llevo aquí. Siempre hay alguien a quien cuidar. Unas veces con más salario y otras con menos; en unas ocasiones cotizando y en otras sin cotizar. ¡Hay que ver lo que les cuesta entender que una quiere tener su pensión y no ser una carga para nadie cuando sea ancianita! Porque algún día ya no podré trabajar. ¿Y volver a mi país? Creo que sólo voy a ir si antes me quedo viuda. No será muy difícil, porque aquel está muy malito. ¡Si es que siempre ha sido muy bruto y nunca se ha cuidado nada de nada! Pero, si tengo cáncer, no podré seguir trabajando. ¿Qué voy a hacer...? ¡Cualquier cosa menos volverme ahora! Con cuatro euros que tengo ahorrados. Y sin pensión. A dar la lata a mis hijas y a aguantar los últimos años de su papá. Ni hablar. ¡Antes...!

- Perdone. ¿Está usted esperando para la consulta de ginecología? —me pregunta una mujer.

- Sí, señora.

- ¿Y sabe usted si van puntuales? —me dice con cara de preocupación. Porque el autobús ha tardado más de lo previsto y se me ha hecho un poco tarde. ¡Sólo me faltaba que se me hubiera pasado el turno!

- No se preocupe, señora. Soy la siguiente, pero cuando salga la enfermera le podrá preguntar. Seguro que la van a atender.

- Muchas gracias —la señora toma asiento a mi lado y continúa hablando—. La verdad es que no me gusta nada venir, pero hay que hacerlo ¿no?

- Así es, señora.

- Bueno, pues... ¡a ver si nos atienden pronto y nos podemos ir para casita! ¡que tengo muchas cosas que hacer!

Miro a la mujer, sonrío y me callo. Parece simpática, pero no sé si estoy para andar charlando. Los minutos se están haciendo demasiado largos. Y ya quiero saber qué me va a pasar, dejar de hacer conjeturas... La señora ha comenzado a hablar de nuevo, pero ya no puedo escucharla. Acaban de salir la joven y la señora de la consulta. Mi corazón vuelve a latir demasiado fuerte. No tengo que ponerme nerviosa. Tengo que estar tranquila. Y que sea lo que tenga que ser. Aparece la enfermera. Me sonríe. ¿Será buena o mala señal?

- Rosario Zanabria. Ya puede usted pasar.

- Adiós, señora —me despido de mi vecina de asiento mientras me levanto para entrar en la consulta. No me oye; está hablando con la enfermera.