Cuando abrió los ojos, el reloj despertador marcaba las nueve y diez minutos. No recordaba haber dormido tantas horas en los últimos años. Se desperezó y restregó los ojos. Se levantó de la cama de un salto, y tras asearse, se puso su mejor traje con una corbata que le iba a juego, y bajó a desayunar a la cafetería de enfrente, cosa infrecuente en él.
- ¿Qué tal D. Gabriel? ¡Está Vd.
muy elegante!, le saludó el camarero.
- Hoy cumplo 65 años y es mi
último día de trabajo. Me he tomado el día libre para despedirme de mis
compañeros de la Empresa.
--¡Pues feliz cumpleaños y
jubilación!
Al traspasar la puerta de la
oficina, “¡Buenos días, D. Gabriel!”, del Conserje.
Al dirigirse hacia su despacho,
“¡Buenos días, D. Gabriel!” de unos y otros, mientras esbozaban unas sonrisitas
cómplices.
En su despacho, mientras ordenaba
cuidadosamente sus papeles, entró el director general y le saludó efusivamente,
“¡Buenos días, Gabriel, y feliz cumpleaños! Te echaré mucho de menos. Ojalá el
joven abogado que te va a sustituir sea la mitad de eficiente que tú. A la una
tendremos un aperitivo en tu honor. Están invitados la Dirección en pleno y
todos los empleados”.
El aperitivo, copiosamente
adornado con los mejores pinchos de la ciudad, se abrió con un breve discurso
del director general, quien alabó la lealtad, eficiencia y espíritu de
superación de D. Gabriel desde que, a los 16 años, ingresó en la Empresa como
pinche, hasta su nombramiento hace diez años para el cargo de jefe de Recursos
Humanos, en una ascendente y exitosa carrera profesional. Ahora se iba con el
deber cumplido y dejando un legado difícilmente superable. Aplausos.
Tomó la palabra Gabriel. Se
marchaba con dos sentimientos encontrados: Por un lado, con pesadumbre por
dejar una empresa y un trabajo que le habían colmado su vida profesional, y
unos compañeros que eran más bien amigos; por otro lado, con alegría por poder
volver a su pueblo para continuar un proyecto de vida iniciado muchas veces e interrumpido
otras tantas. Los invitados no entendieron estas últimas palabras. Muchos y
calurosos aplausos.
A continuación, el director
general le hizo entrega de un reloj de oro. Gabriel notó que se le abrieron las
esclusas de sus ojos, de donde brotaron unas lágrimas que bañaron sus mejillas.
Solo pudo balbucear “¡Gracias¡” Fuertes y ruidosos aplausos.
A las dos empezaron las
despedidas, los abrazos y los mejores deseos para el homenajeado.
Gabriel llegó a su casa a eso de
las tres, e inmediatamente se dispuso a hacer la maleta, solo una y muy
pequeña, con lo más imprescindible. Con el resto de las ropas, trajes corbatas,
chaquetones etc. hizo varios paquetes para entregárselos a Caritas esa misma
tarde. En el pueblo no le haría falta esa ropa. El resto del día lo dedicó a
despedirse de los vecinos y amigos de la ciudad. Regresó tarde a casa, su casa,
que a partir del día siguiente dejaría de ser de su propiedad, pues la había
vendido un mes antes con la condición de poder permanecer en ella hasta esa
fecha. Apenas cenó, dadas las emociones vividas durante el día, y se acostó
temprano. Durmió de un tirón.
El último día en la ciudad tuvo
que hacer muchas gestiones: firmar las escrituras de la vivienda; tramitar el
cobro de la pensión en la Seguridad Social; traspasar todos sus ahorros,
incluido el precio de la venta de su piso, a otra cuenta de la misma entidad
bancaria en su pueblo, y otros asuntos de menor trascendencia. Almorzó cerca de
su casa y a las cuatro subió al autobús
que le llevaría a su pueblo después de tres
horas de viaje. El autobús iba medio vacío, pero se sentó atrás del todo para
poder viajar tranquilo y disfrutar del paisaje.
Mayo estaba dando sus últimos
suspiros. El sol martilleaba implacablemente el campo y reverberaba en el
asfalto. Dejó vagar la mirada por el anchuroso y siempre cambiante paisaje.
Ante sus ojos desfilaron campos alfombrados de margaritas; extensas franjas del
brillante amarillo de la
colza; rojas amapolas salteadas y
violáceas viboreras flanqueando la carretera en una sinfonía de colores. Campos
yermos y rastrojeras estériles; montes con horribles cicatrices en sus faldas;
molinos de viento deteriorando el bello horizonte de sus zonas cimeras; tierras
feraces acariciadas por un río benefactor; valles angostos surcados por
riachuelos de argentinas y nerviosas aguas ávidas de alcanzar el seno protector
del mar, cuya brisa y aromas se percibían ya. La naturaleza se exhibía en toda
su hermosa y desnuda diversidad, mostrándose a veces maquillada y perfumada, y
otras, desgreñada, arrugada, marchita.
Al tiempo que el paisaje
discurría presuroso, Gabriel, acunado por el balanceo constante del autobús, se
enfrascó en los recuerdos del pasado:
A los siete años era monaguillo
de la iglesia parroquial. El cura le había tomado cariño y le ayudaba en sus
estudios de primaria. Era un niño inteligente y responsable. A los doce años
sus padres le enviaron a un internado de la ciudad aconsejados por el párroco, aun
cuando tuvieran que hacer grandes sacrificios para poder pagar el pensionado.
Cuando Gabriel cumplió los 16 años falleció su padre. Su madre no pudo seguir
pagando los gastos de su educación, y al finalizar el curso lo trajo al pueblo.
El párroco, conociendo la capacidad del chico, convenció a su madre para que lo
devolviera a la ciudad a trabajar como pinche en una empresa cuyo director era
amigo de su familia, y compaginar el trabajo con clases nocturnas al objeto de
acabar el bachillerato. Gabriel recordaba los sacrificios que tuvo que
arrostrar, sobre todo por la soledad de aquella fría pensión que tenía que
pagar con el exiguo sueldo que percibía. El trabajo, el estudio y la soledad
forjaron su carácter, su sentido de responsabilidad y su personalidad. Terminó
brillantemente el bachillerato a los 18 años. Fue ascendido a Auxiliar
Administrativo y mejorado su sueldo. El Jefe de Personal le animó a estudiar la
carrera de Derecho por la UNED, y se lo llevó a su Departamento para que
pudiera vivir en la práctica lo que estudiaba en los libros. Terminó la carrera
a los 25 años. Para esa edad ya había ascendido a Oficial Administrativo de 1ª.
El Jefe de Personal le nombró su ayudante, hasta que a su jubilación le
sustituyó en su cargo. Gabriel percibía ya un salario considerable que le
permitía enviar dinero a su madre y comprarse un pisito. Durante varios años,
en agosto, pasó sus vacaciones en el pueblo con su madre. En una de sus
visitas, trajo a su madre a la capital a vivir con él No obstante, Gabriel siguió
yendo al pueblo, sólo, cada mes de agosto para, según decía él, descansar,
meditar y llenar su mochila particular de fuerza física y espiritual y
optimismo para los siguientes once meses. Nadie sabía lo que hacía en el
pueblo, en donde apenas era conocido, al haberse marchado siendo un muchacho.
Su madre murió cuando Gabriel tenía 55 años, y fue enterrada en el pueblo junto
a su esposo. Un día, el Director General le preguntó por qué iba siembre al
pueblo de vacaciones. Gabriel contestó que buscaba la soledad para no estar
sólo; el silencio para oír a su corazón; la meditación para fortalecer su mente
y lograr la paz; el sacrificio para endurecer su cuerpo; la entrega total para
conseguirlo todo, y no añadió nada más. El Director no entendió nada.
Despertó Gabriel de su
ensimismamiento justo poco antes de llegar al pueblo, cuya silueta se divisaba
en lontananza tutelado por la espigada torre de la parroquia cual impertérrito
centinela. Se acercó al chófer, y le pidió que parara enfrente de un antiguo y
majestuoso edificio de piedra. Se apeó y se encaminó a su entrada. Traspasó el
umbral y tiró de una cuerda. Una campanilla tintineó en el interior. Al poco,
una cabeza se asomó por una recia y vetusta puerta de madera reforzada y
adornada de tachuelas y herrajes, y al percatarse de quién era el visitante,
con gran sorpresa e incredulidad, exclamó:
-¿Tú aquí, hermano Gabriel?
¡Todavía no ha llegado agosto!
- Ya no hay más agostos. Ahora he
venido para quedarme.