2016: EL SECRETO DE GABRIEL (Tomás Errasti)

 Cuando abrió los ojos, el reloj despertador marcaba las nueve y diez minutos. No recordaba haber dormido tantas horas en los últimos años. Se desperezó y restregó los ojos. Se levantó de la cama de un salto, y tras asearse, se puso su mejor traje con una corbata que le iba a juego, y bajó a desayunar a la cafetería de enfrente, cosa infrecuente en él.

- ¿Qué tal D. Gabriel? ¡Está Vd. muy elegante!, le saludó el camarero.

- Hoy cumplo 65 años y es mi último día de trabajo. Me he tomado el día libre para despedirme de mis compañeros de la Empresa.

--¡Pues feliz cumpleaños y jubilación!

Al traspasar la puerta de la oficina, “¡Buenos días, D. Gabriel!”, del Conserje.

Al dirigirse hacia su despacho, “¡Buenos días, D. Gabriel!” de unos y otros, mientras esbozaban unas sonrisitas cómplices.

En su despacho, mientras ordenaba cuidadosamente sus papeles, entró el director general y le saludó efusivamente, “¡Buenos días, Gabriel, y feliz cumpleaños! Te echaré mucho de menos. Ojalá el joven abogado que te va a sustituir sea la mitad de eficiente que tú. A la una tendremos un aperitivo en tu honor. Están invitados la Dirección en pleno y todos los empleados”.

El aperitivo, copiosamente adornado con los mejores pinchos de la ciudad, se abrió con un breve discurso del director general, quien alabó la lealtad, eficiencia y espíritu de superación de D. Gabriel desde que, a los 16 años, ingresó en la Empresa como pinche, hasta su nombramiento hace diez años para el cargo de jefe de Recursos Humanos, en una ascendente y exitosa carrera profesional. Ahora se iba con el deber cumplido y dejando un legado difícilmente superable. Aplausos.

Tomó la palabra Gabriel. Se marchaba con dos sentimientos encontrados: Por un lado, con pesadumbre por dejar una empresa y un trabajo que le habían colmado su vida profesional, y unos compañeros que eran más bien amigos; por otro lado, con alegría por poder volver a su pueblo para continuar un proyecto de vida iniciado muchas veces e interrumpido otras tantas. Los invitados no entendieron estas últimas palabras. Muchos y calurosos aplausos.

A continuación, el director general le hizo entrega de un reloj de oro. Gabriel notó que se le abrieron las esclusas de sus ojos, de donde brotaron unas lágrimas que bañaron sus mejillas. Solo pudo balbucear “¡Gracias¡” Fuertes y ruidosos aplausos.

A las dos empezaron las despedidas, los abrazos y los mejores deseos para el homenajeado.

Gabriel llegó a su casa a eso de las tres, e inmediatamente se dispuso a hacer la maleta, solo una y muy pequeña, con lo más imprescindible. Con el resto de las ropas, trajes corbatas, chaquetones etc. hizo varios paquetes para entregárselos a Caritas esa misma tarde. En el pueblo no le haría falta esa ropa. El resto del día lo dedicó a despedirse de los vecinos y amigos de la ciudad. Regresó tarde a casa, su casa, que a partir del día siguiente dejaría de ser de su propiedad, pues la había vendido un mes antes con la condición de poder permanecer en ella hasta esa fecha. Apenas cenó, dadas las emociones vividas durante el día, y se acostó temprano. Durmió de un tirón.

El último día en la ciudad tuvo que hacer muchas gestiones: firmar las escrituras de la vivienda; tramitar el cobro de la pensión en la Seguridad Social; traspasar todos sus ahorros, incluido el precio de la venta de su piso, a otra cuenta de la misma entidad bancaria en su pueblo, y otros asuntos de menor trascendencia. Almorzó cerca de su casa y a las cuatro subió al autobús

 que le llevaría a su pueblo después de tres horas de viaje. El autobús iba medio vacío, pero se sentó atrás del todo para poder viajar tranquilo y disfrutar del paisaje.

Mayo estaba dando sus últimos suspiros. El sol martilleaba implacablemente el campo y reverberaba en el asfalto. Dejó vagar la mirada por el anchuroso y siempre cambiante paisaje. Ante sus ojos desfilaron campos alfombrados de margaritas; extensas franjas del brillante amarillo de la

colza; rojas amapolas salteadas y violáceas viboreras flanqueando la carretera en una sinfonía de colores. Campos yermos y rastrojeras estériles; montes con horribles cicatrices en sus faldas; molinos de viento deteriorando el bello horizonte de sus zonas cimeras; tierras feraces acariciadas por un río benefactor; valles angostos surcados por riachuelos de argentinas y nerviosas aguas ávidas de alcanzar el seno protector del mar, cuya brisa y aromas se percibían ya. La naturaleza se exhibía en toda su hermosa y desnuda diversidad, mostrándose a veces maquillada y perfumada, y otras, desgreñada, arrugada, marchita.

Al tiempo que el paisaje discurría presuroso, Gabriel, acunado por el balanceo constante del autobús, se enfrascó en los recuerdos del pasado:

A los siete años era monaguillo de la iglesia parroquial. El cura le había tomado cariño y le ayudaba en sus estudios de primaria. Era un niño inteligente y responsable. A los doce años sus padres le enviaron a un internado de la ciudad aconsejados por el párroco, aun cuando tuvieran que hacer grandes sacrificios para poder pagar el pensionado. Cuando Gabriel cumplió los 16 años falleció su padre. Su madre no pudo seguir pagando los gastos de su educación, y al finalizar el curso lo trajo al pueblo. El párroco, conociendo la capacidad del chico, convenció a su madre para que lo devolviera a la ciudad a trabajar como pinche en una empresa cuyo director era amigo de su familia, y compaginar el trabajo con clases nocturnas al objeto de acabar el bachillerato. Gabriel recordaba los sacrificios que tuvo que arrostrar, sobre todo por la soledad de aquella fría pensión que tenía que pagar con el exiguo sueldo que percibía. El trabajo, el estudio y la soledad forjaron su carácter, su sentido de responsabilidad y su personalidad. Terminó brillantemente el bachillerato a los 18 años. Fue ascendido a Auxiliar Administrativo y mejorado su sueldo. El Jefe de Personal le animó a estudiar la carrera de Derecho por la UNED, y se lo llevó a su Departamento para que pudiera vivir en la práctica lo que estudiaba en los libros. Terminó la carrera a los 25 años. Para esa edad ya había ascendido a Oficial Administrativo de 1ª. El Jefe de Personal le nombró su ayudante, hasta que a su jubilación le sustituyó en su cargo. Gabriel percibía ya un salario considerable que le permitía enviar dinero a su madre y comprarse un pisito. Durante varios años, en agosto, pasó sus vacaciones en el pueblo con su madre. En una de sus visitas, trajo a su madre a la capital a vivir con él No obstante, Gabriel siguió yendo al pueblo, sólo, cada mes de agosto para, según decía él, descansar, meditar y llenar su mochila particular de fuerza física y espiritual y optimismo para los siguientes once meses. Nadie sabía lo que hacía en el pueblo, en donde apenas era conocido, al haberse marchado siendo un muchacho. Su madre murió cuando Gabriel tenía 55 años, y fue enterrada en el pueblo junto a su esposo. Un día, el Director General le preguntó por qué iba siembre al pueblo de vacaciones. Gabriel contestó que buscaba la soledad para no estar sólo; el silencio para oír a su corazón; la meditación para fortalecer su mente y lograr la paz; el sacrificio para endurecer su cuerpo; la entrega total para conseguirlo todo, y no añadió nada más. El Director no entendió nada.

Despertó Gabriel de su ensimismamiento justo poco antes de llegar al pueblo, cuya silueta se divisaba en lontananza tutelado por la espigada torre de la parroquia cual impertérrito centinela. Se acercó al chófer, y le pidió que parara enfrente de un antiguo y majestuoso edificio de piedra. Se apeó y se encaminó a su entrada. Traspasó el umbral y tiró de una cuerda. Una campanilla tintineó en el interior. Al poco, una cabeza se asomó por una recia y vetusta puerta de madera reforzada y adornada de tachuelas y herrajes, y al percatarse de quién era el visitante, con gran sorpresa e incredulidad, exclamó:

-¿Tú aquí, hermano Gabriel? ¡Todavía no ha llegado agosto!

- Ya no hay más agostos. Ahora he venido para quedarme.