Orfidal con espidifen había sido el cóctel elegido para irse a la cama. Había roto con Iker. En los dos años que llevaban juntos lo habían dejado varias veces. Esta era la definitiva. Al menos eso pensaba al volver a casa tras la turbulenta velada sabatina. El efecto de la mezcla probablemente era la causa de que llevara un rato sin saber si el tututú-tututú que le estaba taladrando la cabeza provenía del teléfono o formaba parte de la banda sonora de su último sueño.
Al alargar la mano hacia la
mesilla para coger el móvil está segura de que es él. Querrá hacer las paces;
como las otras veces. Pero no está dispuesta a ceder a su eterna milonga: “ya
sabes que soy así; pero también sabes que te quiero”. Ayer por la noche
tenía claro que si no dejaba de ser “así” debía mandarlo a la porra. “¡Dime!”,
contesta, dispuesta a cortar por lo sano. “Ane. ¡Por fin! Llevo un rato
llamándote”. Reconoce de inmediato la voz. La impresión la deja totalmente
despierta. Aquello sí que era una sorpresa. Aunque no tiene ninguna duda,
mientras se sienta en la cama y trata de echarse la sábana por encima,
pregunta: “¿Aitor?”. Habían estado enrollados varios meses durante el
último año de carrera. El chico más guapo de todo Derecho. Y además, un
encanto. También había cursado Criminología y, tras entrar en la Ertzaintza,
estaba haciendo carrera.
- No te molestaría a estas
horas de un domingo si no fuera importante.
- ¿Importante…?
- Ha habido un accidente.
- ¿No me digas que le ha
pasado algo a Urko?
- No. A tu hermano no le ha
pasado nada. Ha sido… a tu aita.
- ¿Su avión ha tenido un
accidente?
- ¿Qué avión?
- Me dijo que el fin de semana
iba a un simposio a Madrid. Y supuse que iba en avión. Como hace siempre.
- No, Ane. Viajaba en coche.
Por la carretera de la costa. Entre Getaria y Zumaia. Ha sido de madrugada. Al
parecer han caído unas piedras de la ladera… Y ha habido mala suerte.
- ¿Cómo que mala suerte? ¿Qué
le ha pasado?
- Se han salido de la carretera y…
Ha percibido el plural. Pero, antes de dar rienda suelta a sus conjeturas, quiere saber cómo está su aita. Su aita. Un tipo genial al que quiere con toda su alma. Incluso a pesar de tener dudas de que siempre haya sido leal con su ama. Cuando acabó la carrera no quiso que trabajara con él. Su argumento de que debía seguir su propio camino no la convenció demasiado. Llegó a pensar que era porque tenía un lío con una compañera de despacho. El silencio de Aitor se alarga demasiado.
- ¿Y…?
- Pues que el coche ha caído a
las rocas.
- ¿Y… el aita? —habla con
un hilo de voz; el ahogo apenas la deja respirar.
- Tu aita no ha caído con el
coche. Ha salido despedido.
- Está mal, ¿no? Dime la
verdad. Ahora mismo. Por favor.
- Pues… no se ha podido hacer
nada.
- ¿Está… muerto?
- Sí, Ane. Lo siento mucho. Me lo ha dicho una patrullera que ha acudido al lugar del accidente. Es amiga mía. Sabe que te conozco a ti y a tu familia, y ha pensado que era mejor que fuera yo quien te llamara.
Tiene que asimilar en pocos
segundos lo que ha pasado. Desde que era pequeña, su aita le ha enseñado
que es en momentos como éste cuando las personas deben mostrar su capacidad
para hacerse cargo de la situación. Y el aita siempre… decía… que
ella era capaz. Como lo… era… él. Referirse a él en pasado. Asumir que
ya no está. Es el primer paso. Luego vendrán los trámites. Ya habrá tiempo de
llorar y de echarlo de menos. Primero hay que pensar en la ama.
- Aitor, necesito que nadie
llame a la ama. Antes tengo que estar con ella. Es una mujer fuerte, pero
prefiero ser yo quien se lo diga. Luego te llamo a este número, ¿vale? —y
sin darle tiempo a responder—. Por cierto, ¿quién es la mujer que iba con el
aita? ¿También ha muerto?
- Sí, también ha muerto. Todavía no sabemos su identidad. Ha caído con el coche y los bomberos están en ello. A tu aita lo han identificado porque llevaba el DNI.
El aita y sus manías. Como
la de llevar siempre el DNI en el bolsillo de atrás del pantalón. Decía que era
una costumbre de los tiempos de la dictadura. De vez en cuando se le olvidaba
sacarlo e iba a la lavadora.
- ¿Cómo has sabido que era una
mujer? —pregunta Aitor—. Yo no lo he dicho. Y, además, tú creías que
había ido en avión…
- Por
favor, no te pongas ahora en
plan investigador.
- Perdona. Ya sé que no es
momento. Pero… es mi oficio.
- Tranquilo. Son cosas mías.
Luego te llamo. Muchas gracias por todo.
No hay tiempo que perder.
Necesita saber dónde está la ama. Llamada a Urko. No hay manera. ¡Vete a
saber dónde andará un domingo a estas horas! Seguro que ha estado pinchando.
Ser DJ es su afición de eterno adolescente. La ama había comentado que,
como el aita iba a Madrid, ella se iría a casa de Lourdes. Su amiga del
alma. ¡Menuda víbora! Todavía se acuerda de los ojitos que le ponía a Aitor el
día que coincidieron en la playa. Como si se lo quisiera comer de un bocado.
Bueno. Ahora no puede pararse. Una ducha rápida. Y a casa de los aitás. ¿Habrá
vuelto la ama o se habrá quedado en casa de su amiga a pasar también la
noche del sábado? ¿Y Urko? Antes o después volverá a la guarida. Estará con su
último ligue. Pero es extraño que se haya quedado a dormir fuera de casa. Dice
que dormir con una chica es algo demasiado serio.
Abre la puerta. No está cerrada
con llave. Hay alguien. Tranquilidad. Sobre todo no montar una escena. Ella es
la responsable de controlar la situación. Como habría querido el aita.
Le vienen las lágrimas. Se las aguanta con un puchero. Va directa al cuarto de
la ama. Luego mira en el baño. Salón. Cocina. No está. Abre la puerta
del cuarto de Urko. Está dormido. Pero no está sólo. ¡Joder con el tío! Ahora
se las trae a casa. Y, al parecer, ya no le importa dormir con ellas.
Indignada: ¡Urko! ¿qué coño haces? Este da un respingo y se sienta en la
cama. Su compañera se tapa la cara con la sábana.
- ¿Y tú qué haces aquí?
¡Podrías llamar a la puerta!
- Levántate y ven a la cocina.
Y dile a tu… lo-que-sea que desaparezca.
- ¡Qué borde eres! Es mi novia. Y no se va a ninguna parte.
La aludida se asoma. Mira a uno y
a otra. Perpleja.
- Te espero en la cocina. Es
muy urgente que hable contigo.
- ¿Urgente? ¿Un domingo a
estas horas?
No responde. Cierra sin
delicadeza la puerta del cuarto y va a la cocina. Por el pasillo piensa que no
tiene que contarle nada a su hermano hasta después de localizar a la ama.
En cuanto Urko se entere se va a descomponer, y ya no habrá forma de que
colabore. Su hermano aparece de inmediato, descalzo, en slip y camiseta.
- ¿Se puede saber que pasa
para que aparezcas y montes semejante follón? Has dejado acojonada a Lula.
¡Vaya manera de empezar la relación con tu cuñada!
- ¿Cuñada?
- Sí. Es de Menorca. Es
enfermera y ha venido a Donosti a hacer un posgrado. Somos novios… formales. Y
nos vamos a vivir juntos en cuanto podamos. ¿Qué pasa? ¿Tan raro te parece?
- Vale, vale. No sabía nada.
No te enfades. Ya me lo contarás todo con calma. Ahora necesito localizar a la
ama. Lo más probable es que esté en Hondarribi, en casa de Lourdes. ¿Tienes el
número?
- ¿El de casa de Lourdes? No.
Bueno, tengo el móvil de Mónica. Ya sabes que…
- Sí. Ya sé que la hija de
Lourdes fue tu lo-que-fuera. Venga. Vale. Llámala y pregúntale a ver si la ama
está todavía allí. O mejor, pásamela y hablo con ella.
- ¿Y por qué no llamas
directamente a la ama?
- Porque no. Llama. Luego te explico.
En cuanto confirme que está, se
va para allá. Tiene que reunirse de inmediato con ella. Urko vuelve a la
cocina, con Lula, mientras habla por el móvil. Ane le arrebata el aparato: “Hola,
soy Ane… Verás, quiero saber si mi ama todavía está ahí… Bueno, dijo que iba a
vuestra casa... ¿Cómo qué no?... Pues será que Urko se ha liado... Perdona por
llamarte tan temprano. Gracias. Adiós”. Una respiración profunda para
recapitular. Urko y Lula, expectantes. Devuelve el móvil a su hermano y le dice
que ni se le ocurra coger si llama Mónica. Y que tampoco coja el fijo. Por si
llama Lourdes. ¡Sólo falta tener que aguantarla! ¿Y la ama? ¿Habrá
salido de mañanera? No queda otra que llamarla directamente a su teléfono. Pero
seguro que se va a mosquear.
- Urko: escúchame; es muy
importante. Tienes que llamar a la ama y decirle que vuelva a casa de
inmediato. Cuéntale cualquier historia… Dile que han subido los vecinos, que
les está cayendo agua. Que venga ahora mismo.
- ¿No está en Hondarribi? Pues
es raro, porque era ella la que llevó al aita al aeropuerto. Y dijo que se
quedaría con su amiga. Y por aquí, que yo sepa, no ha vuelto. Pero, ¿me quieres
decir qué pasa para que estés montando este lío?
- Sólo un minuto. Por favor,
llama a la ama, dile que venga. Y te cuento.
Llama. Dos, tres veces: “el
teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Le dice que
lo deje. Que ya aparecerá. Y le cuenta lo que ha pasado. Urko abre la boca,
pero no emite ningún sonido. Las lágrimas le caen por la cara. Lula se lo lleva
al salón. Ane no quiere derrumbarse. Todavía no. Tiene que hablar con Aitor.
- Hola, Ane. Estaba a punto de
llamarte.
- Dime.
- Ya sabemos quién iba con tu
aita en el coche. De hecho, era ella la que conducía.
- Sigue.
- Estaban alojados en un
hotelito cerca de Mutriku.
- Acaba, por favor. ¿Quién
era?
- Te conozco y sé que no te
gustan los rodeos: la que conducía era… tu ama.
Un largo silencio. También su ama.
Ya está. Ya no tiene que controlarse por nadie. “Gracias Aitor. No… no puedo
hablar. Te llamo enseguida”. No entiende nada. O sí. Se acuerda del día en
que Iker y ella quedaron en un pub e hicieron como que eran unos desconocidos
que ligaban. Empieza a comprender que no sabía nada de la relación de su ama
y su aita como pareja. Pero se alegra de que todavía quisieran poner
magia en su relación. Y los quiere todavía más. Va hacia el salón. Ya no puede
aguantarse y se pone a llorar. Sabe que los va a echar mucho de menos. Ve a
Lula acunando a Urko como si fuera un bebé, mientras le va besando las
lágrimas. Va a ser muy duro para él. Pero seguro que ella lo va a cuidar. Les
va a proponer que se instalen en esa casa. Echa de menos a Iker. Tiene que
llamarlo y decirle que lo necesita a su lado; que ya sabe que es “así”,
pero que también sabe que la quiere mucho. Y que está segura de que con él
nunca le faltará un poco de magia.