I Allegro ma non tropo
Esta mañana, don Ricardo está de
buen humor. Como siempre ha desayunado su café negro con tostadas y ojeado el
periódico, encajándose las gruesas gafas de concha para revisar las esquelas y
leer las noticias del día, tan malas como las de ayer y anteayer, y que
afortunadamente iba olvidando mientras saboreaba las tostadas. Luego se ha
puesto la corbata y la americana y se ha detenido un instante ante el espejo a
arreglarse coquetamente los cuatro pelos grises que aún le quedan, ha tomado la
bolsa de la compra y ha salido de casa.
Es una mañana clara y luminosa.
El sol brilla sin calentar demasiado y una brisa suave invita a darse un paseo
a la orilla del mar, o a sentarse en un banco de la plaza a tomar el sol, o
mejor aún en la terraza del Capricis con su amigo don Félix, a tomar un verdejo
y un pincho de tortilla. Los sencillos placeres del jubilado. Pero todo esto
tendrá que esperar. Lo primero es el deber. Don Ricardo cruza la calle y camina
unos pasos hasta “el súper”. Es mediodía y tiene que hacer la compra de la
semana. Piensa ahora que se ha entretenido demasiado en casa con el maldito sudoku
que no ha podido resolver. Paquita no tardará en regresar y echará de menos la
compra para la comida. Además, hoy es el día que viene a comer su hijo, siempre
con prisas. ¡Hay que ver ahora como trabajan estos chicos! No tienen tiempo
para nada. Pensando en esto, don Ricardo entra en el súper y busca en los
bolsillos la lista de la compra. Nada en el pantalón; tampoco en los bolsillos
de la americana. Busca con temor en la cartera, pero allí tampoco. Comprueba
una y otra vez hasta convencerse de que no la lleva encima. Quizá la ha
perdido, o tal vez la ha olvidado en casa. Se da cuenta también que, como de
costumbre, ha olvidado el móvil. Comprende asustado que tiene que hacer sus
deberes domésticos sin más ayuda que su frágil memoria. A don Ricardo se le
está torciendo el día.
II Adagio
Don Ricardo deambula por el súper
conduciendo un carrito semivacío. Ha dado tres vueltas entre las estanterías,
deteniéndose una y otra vez, confuso ante la enorme variedad de productos que
atraen su atención. De tanto en cuanto, se decide a tomar uno de ellos y
ponerlo en el carro, luego en la vuelta siguiente, lo vuelve cuidadosamente a
su sitio. No, éste no es el que le gusta a Paquita, debe ser ése de arriba,
–piensa–, y de puntillas trata de alcanzar el paquete de tres kilos de
jabón biodegradable colocado en lo más alto de la estantería. Lo consigue al
fin, y lo pone en el carro al tiempo que toda una torre de productos varios se
viene abajo. Una joven empleada, corre a ayudarle y de paso a comprobar si ha
habido algún estropicio, que afortunadamente no se ha producido. No se
preocupe don Ricardo. Y otra vez, por favor, pida ayuda, que estamos aquí para
ayudarle, dice la joven. Don Ricardo le da las gracias y continúa, algo
avergonzado, su recorrido.
¿Tomate pelado, o triturado?
¿Leche desnatada, o semidesnatada? Las compresas, ¿grandes o pequeñas? ¿Dónde
está el pan rallado? ¿Y las empanadillas? Éstas conservas son las que ella
suele comprar, pero ¿quería alcachofas o guisantes? Creo que también quería
congelados para una menestra, ¿o eran para una paella? Jesús, que cabeza, no me
acuerdo de nada. Se me va a olvidar hasta dónde vivo. ¿Será el alzhéimer? –piensa
alarmado. Pero entonces, recuerda aquel chiste: –es verdad que a veces se me
olvida subir la cremallera después de mear, pero nunca me he olvidado de
bajarla antes de hacerlo–, y se sonríe tranquilizado. No. Todavía no me ha
pasado –piensa.
III Scherzo
Ainhoa, la vecinita del
quinto, se acerca sonriente con su cesta de la compra llena de productos
precocinados.
–Buenos días don Ricardo,
haciendo recados ¿eh?
–Ya ves hija, y lo malo es que
he perdido la lista de la compra y ando más perdido que Maximino en Flandes.
–No se preocupe. Yo le
ayudaré. –se ofrece la joven –Dígame usted lo que necesita.
Don Ricardo enumera los
productos que cree recordar, y le muestra inseguro el contenido de la cesta.
Ella aprueba las compras y tomándole del brazo, le acompaña en una vuelta
completa al súper, señalándole lo que piensa que puede necesitar y lo pone en la
cesta, sin preguntar, añadiendo discretamente lo que sabe que le gusta: una
botella de Rioja, unas tabletas de chocolate negro, una ristra de chorizo
picante de Salamanca y unas anchoas en vinagre. Luego, le regala un beso
cariñoso y se va de su lado, no sin antes encargarle sus recuerdos a doña
Paquita. Don Ricardo la ve perderse entre la gente, y piensa en la hija que
nunca tuvo y que tanto ha echado de menos, más aún ahora que su mujer se ha
tornado arisca y maniática, sus amigos han muerto o están medio lelos y apenas
le queda nadie con quien hablar. Esa muchacha, con quien casi a diario se cruza
en la escalera o al volver a casa, es para el anciano una lucecita en su
cerebro donde las sombras van invadiéndolo todo.
IV Adagio agitato
Se han formado largas colas
ante las cajas. Don Ricardo aguarda pacientemente su turno y ante él, dos
señoras hablan de sus cosas. Una de ellas, algo gruesa, de mediana edad y
aspecto descuidado habla de su nuera; mal, con indisimulado odio:
–Es una inútil, y el pobre
Antonio a tragar. Por los niños ¿sabes?, que si no… La otra, asiente con la
cabeza y se lamenta de cómo son las chicas de hoy. ¡Ni freír un huevo! y la
culpa es nuestra, que no las hemos educado. Marta me trae los gemelos a las
ocho y los recoge a las cinco de la tarde.
–Ayer vi a Paquita. Está como
una foca.
–Y que lo digas. Además, se
pone esos pantalones de licra que parece una de esas estatuas de Botero, –dice
la otra, burlona.
Don Ricardo, que no puede por
menos de oírlas, comprende disgustado que están hablando de su mujer y duda si
intervenir, pero no sabe cómo. No quiere meter la pata y además comprende que
tienen razón. La verdad es que Paquita, cada día está más gorda. Debería
ponerse a régimen –piensa––, y observa con disgusto a la mujer. A menudo la ve
por el barrio, pero no sabe quién es. Será amiga de Paquita. ¿Por qué siempre
se despellejan entre ellas?, ––se pregunta––. Al llegar su turno, coloca las
compras ante la cajera, saca el billetero del bolsillo interior de la
americana, y comprueba con disgusto que solo lleva diez euros. Todo apurado,
rebusca en los bolsillos y va colocando en el mostrador, las llaves, un papel
arrugado, un paquete de kleenex medio vacío y unos céntimos de euros. La cajera
suspira impaciente, y mira la cola de clientes que aguarda con resignación. Don
Ricardo empieza a retirar productos, sin orden ni concierto, cuando la mujer
que todavía guardaba sus compras en el carrito, se vuelve a la cajera y
pregunta:
–¿Cuánto le falta?
–Veinticuatro euros
–Tenga usted, –le dice
Don Ricardo la mira
sorprendido, y protesta extrañado:
–No, por favor señora. ¡Cómo
va a usted a pagar! Si ni siquiera me conoce.
–Claro que no. Pero, ¡qué
importa eso! Usted tiene cara de buena persona y sé que me lo va a devolver. Y
si no lo hace, peor para usted
V Andante con moto
Es primavera, pero el sol
calienta como un día de agosto. El sol brilla en su cenit. Los cerezos se han
vestido de fiesta con sus flores rosadas y las muchachas se han despojado de la
ropa invernal y han salido a la calle, más atractivas que nunca, con sus
minifaldas y sus camisetas veraniegas. No es día de fiesta, pero la fiesta está
en el rostro de los paseantes que se dan los buenos días, que se quejan ya del
comienzo del calor, que hablan de vacaciones y de viajes.
Don Ricardo sale del súper
cargado de bolsas, disfrutando de la alegre primavera. Ha recuperado el buen
humor. Piensa en la vecinita del quinto, en lo amable que ha sido con él,
querría corresponderla, pero no sabe cómo. ¿Y si la enviara unas flores? Pero
rechaza la idea por timidez. No le parece muy propio enviar flores a una
muchacha, a su edad. Y piensa también en la mujer que ha pagado sus compras, ¡Qué
mal la juzgué! Verdaderamente, cuántas veces juzgamos a la gente por su
aspecto, por un detalle tonto, insignificante, más veces mal que bien, y luego,
como ahora, comprendemos que nos hemos equivocado. Y piensa en Paquita, ¡Que
contenta se va a poner cuando me vea llegar tan cargado! Seguro que hoy no le
falta nada. Gracias a Ainhoa, seguro que ha acertado hasta con las compresas.
En todo esto piensa don
Ricardo, mientras cruza la calle distraído por el sitio más corto para volver a
casa. De pronto, un motorista dobla la calle y no logra esquivarlo. No ha sido
su culpa; a punto ha estado de lograrlo a riesgo de caer al suelo gracias al
brusco viraje, pero la punta del manillar golpeó el brazo del anciano y le
derribó. Un golpe seco, hacia atrás. La cabeza rebota en el asfalto como una
pelota y todo su cuerpo se sacude en violentas convulsiones. Varias personas
corren a socorrerle –¡Un médico, un médico! –grita una mujer desencajada. Una
joven, doctora o enfermera tal vez, le toma el pulso en el cuello. El motorista
se deshace en disculpas que nadie pide. La joven mueve la cabeza en un gesto
negativo. Don Ricardo ha muerto y en su semblante grave y sereno, ha quedado el
rictus de una sonrisa de plácida felicidad.