2017: SINFONÍA DOMÉSTICA (Emilio Cuadrado)

 I Allegro ma non tropo

Esta mañana, don Ricardo está de buen humor. Como siempre ha desayunado su café negro con tostadas y ojeado el periódico, encajándose las gruesas gafas de concha para revisar las esquelas y leer las noticias del día, tan malas como las de ayer y anteayer, y que afortunadamente iba olvidando mientras saboreaba las tostadas. Luego se ha puesto la corbata y la americana y se ha detenido un instante ante el espejo a arreglarse coquetamente los cuatro pelos grises que aún le quedan, ha tomado la bolsa de la compra y ha salido de casa.

Es una mañana clara y luminosa. El sol brilla sin calentar demasiado y una brisa suave invita a darse un paseo a la orilla del mar, o a sentarse en un banco de la plaza a tomar el sol, o mejor aún en la terraza del Capricis con su amigo don Félix, a tomar un verdejo y un pincho de tortilla. Los sencillos placeres del jubilado. Pero todo esto tendrá que esperar. Lo primero es el deber. Don Ricardo cruza la calle y camina unos pasos hasta “el súper”. Es mediodía y tiene que hacer la compra de la semana. Piensa ahora que se ha entretenido demasiado en casa con el maldito sudoku que no ha podido resolver. Paquita no tardará en regresar y echará de menos la compra para la comida. Además, hoy es el día que viene a comer su hijo, siempre con prisas. ¡Hay que ver ahora como trabajan estos chicos! No tienen tiempo para nada. Pensando en esto, don Ricardo entra en el súper y busca en los bolsillos la lista de la compra. Nada en el pantalón; tampoco en los bolsillos de la americana. Busca con temor en la cartera, pero allí tampoco. Comprueba una y otra vez hasta convencerse de que no la lleva encima. Quizá la ha perdido, o tal vez la ha olvidado en casa. Se da cuenta también que, como de costumbre, ha olvidado el móvil. Comprende asustado que tiene que hacer sus deberes domésticos sin más ayuda que su frágil memoria. A don Ricardo se le está torciendo el día.

II Adagio

Don Ricardo deambula por el súper conduciendo un carrito semivacío. Ha dado tres vueltas entre las estanterías, deteniéndose una y otra vez, confuso ante la enorme variedad de productos que atraen su atención. De tanto en cuanto, se decide a tomar uno de ellos y ponerlo en el carro, luego en la vuelta siguiente, lo vuelve cuidadosamente a su sitio. No, éste no es el que le gusta a Paquita, debe ser ése de arriba, –piensa–, y de puntillas trata de alcanzar el paquete de tres kilos de jabón biodegradable colocado en lo más alto de la estantería. Lo consigue al fin, y lo pone en el carro al tiempo que toda una torre de productos varios se viene abajo. Una joven empleada, corre a ayudarle y de paso a comprobar si ha habido algún estropicio, que afortunadamente no se ha producido. No se preocupe don Ricardo. Y otra vez, por favor, pida ayuda, que estamos aquí para ayudarle, dice la joven. Don Ricardo le da las gracias y continúa, algo avergonzado, su recorrido.

¿Tomate pelado, o triturado? ¿Leche desnatada, o semidesnatada? Las compresas, ¿grandes o pequeñas? ¿Dónde está el pan rallado? ¿Y las empanadillas? Éstas conservas son las que ella suele comprar, pero ¿quería alcachofas o guisantes? Creo que también quería congelados para una menestra, ¿o eran para una paella? Jesús, que cabeza, no me acuerdo de nada. Se me va a olvidar hasta dónde vivo. ¿Será el alzhéimer? –piensa alarmado. Pero entonces, recuerda aquel chiste: –es verdad que a veces se me olvida subir la cremallera después de mear, pero nunca me he olvidado de bajarla antes de hacerlo–, y se sonríe tranquilizado. No. Todavía no me ha pasado –piensa.

III Scherzo

Ainhoa, la vecinita del quinto, se acerca sonriente con su cesta de la compra llena de productos precocinados.

–Buenos días don Ricardo, haciendo recados ¿eh?

–Ya ves hija, y lo malo es que he perdido la lista de la compra y ando más perdido que Maximino en Flandes.

–No se preocupe. Yo le ayudaré. –se ofrece la joven –Dígame usted lo que necesita.

Don Ricardo enumera los productos que cree recordar, y le muestra inseguro el contenido de la cesta. Ella aprueba las compras y tomándole del brazo, le acompaña en una vuelta completa al súper, señalándole lo que piensa que puede necesitar y lo pone en la cesta, sin preguntar, añadiendo discretamente lo que sabe que le gusta: una botella de Rioja, unas tabletas de chocolate negro, una ristra de chorizo picante de Salamanca y unas anchoas en vinagre. Luego, le regala un beso cariñoso y se va de su lado, no sin antes encargarle sus recuerdos a doña Paquita. Don Ricardo la ve perderse entre la gente, y piensa en la hija que nunca tuvo y que tanto ha echado de menos, más aún ahora que su mujer se ha tornado arisca y maniática, sus amigos han muerto o están medio lelos y apenas le queda nadie con quien hablar. Esa muchacha, con quien casi a diario se cruza en la escalera o al volver a casa, es para el anciano una lucecita en su cerebro donde las sombras van invadiéndolo todo.

IV Adagio agitato

Se han formado largas colas ante las cajas. Don Ricardo aguarda pacientemente su turno y ante él, dos señoras hablan de sus cosas. Una de ellas, algo gruesa, de mediana edad y aspecto descuidado habla de su nuera; mal, con indisimulado odio:

–Es una inútil, y el pobre Antonio a tragar. Por los niños ¿sabes?, que si no… La otra, asiente con la cabeza y se lamenta de cómo son las chicas de hoy. ¡Ni freír un huevo! y la culpa es nuestra, que no las hemos educado. Marta me trae los gemelos a las ocho y los recoge a las cinco de la tarde.

–Ayer vi a Paquita. Está como una foca.

–Y que lo digas. Además, se pone esos pantalones de licra que parece una de esas estatuas de Botero, –dice la otra, burlona.

Don Ricardo, que no puede por menos de oírlas, comprende disgustado que están hablando de su mujer y duda si intervenir, pero no sabe cómo. No quiere meter la pata y además comprende que tienen razón. La verdad es que Paquita, cada día está más gorda. Debería ponerse a régimen –piensa––, y observa con disgusto a la mujer. A menudo la ve por el barrio, pero no sabe quién es. Será amiga de Paquita. ¿Por qué siempre se despellejan entre ellas?, ––se pregunta––. Al llegar su turno, coloca las compras ante la cajera, saca el billetero del bolsillo interior de la americana, y comprueba con disgusto que solo lleva diez euros. Todo apurado, rebusca en los bolsillos y va colocando en el mostrador, las llaves, un papel arrugado, un paquete de kleenex medio vacío y unos céntimos de euros. La cajera suspira impaciente, y mira la cola de clientes que aguarda con resignación. Don Ricardo empieza a retirar productos, sin orden ni concierto, cuando la mujer que todavía guardaba sus compras en el carrito, se vuelve a la cajera y pregunta:

–¿Cuánto le falta?

–Veinticuatro euros

–Tenga usted, –le dice

Don Ricardo la mira sorprendido, y protesta extrañado:

–No, por favor señora. ¡Cómo va a usted a pagar! Si ni siquiera me conoce.

–Claro que no. Pero, ¡qué importa eso! Usted tiene cara de buena persona y sé que me lo va a devolver. Y si no lo hace, peor para usted

V Andante con moto

Es primavera, pero el sol calienta como un día de agosto. El sol brilla en su cenit. Los cerezos se han vestido de fiesta con sus flores rosadas y las muchachas se han despojado de la ropa invernal y han salido a la calle, más atractivas que nunca, con sus minifaldas y sus camisetas veraniegas. No es día de fiesta, pero la fiesta está en el rostro de los paseantes que se dan los buenos días, que se quejan ya del comienzo del calor, que hablan de vacaciones y de viajes.

Don Ricardo sale del súper cargado de bolsas, disfrutando de la alegre primavera. Ha recuperado el buen humor. Piensa en la vecinita del quinto, en lo amable que ha sido con él, querría corresponderla, pero no sabe cómo. ¿Y si la enviara unas flores? Pero rechaza la idea por timidez. No le parece muy propio enviar flores a una muchacha, a su edad. Y piensa también en la mujer que ha pagado sus compras, ¡Qué mal la juzgué! Verdaderamente, cuántas veces juzgamos a la gente por su aspecto, por un detalle tonto, insignificante, más veces mal que bien, y luego, como ahora, comprendemos que nos hemos equivocado. Y piensa en Paquita, ¡Que contenta se va a poner cuando me vea llegar tan cargado! Seguro que hoy no le falta nada. Gracias a Ainhoa, seguro que ha acertado hasta con las compresas.

En todo esto piensa don Ricardo, mientras cruza la calle distraído por el sitio más corto para volver a casa. De pronto, un motorista dobla la calle y no logra esquivarlo. No ha sido su culpa; a punto ha estado de lograrlo a riesgo de caer al suelo gracias al brusco viraje, pero la punta del manillar golpeó el brazo del anciano y le derribó. Un golpe seco, hacia atrás. La cabeza rebota en el asfalto como una pelota y todo su cuerpo se sacude en violentas convulsiones. Varias personas corren a socorrerle –¡Un médico, un médico! –grita una mujer desencajada. Una joven, doctora o enfermera tal vez, le toma el pulso en el cuello. El motorista se deshace en disculpas que nadie pide. La joven mueve la cabeza en un gesto negativo. Don Ricardo ha muerto y en su semblante grave y sereno, ha quedado el rictus de una sonrisa de plácida felicidad.