En San Sebastián, un día de septiembre de 1988.
Hace unas horas nos hemos cruzado
por la calle. Y, casi sin darnos cuenta, hemos permanecido unos instantes
mirándonos a los ojos. Como si nos estuviéramos reconociendo. Es lógico que su
rostro se me haya hecho familiar. ¡Sale tantas veces en los periódicos y en la
televisión! Pero ha ocurrido algo más. Algo que ha traído a mi mente
sensaciones de un tiempo pasado. Probablemente ha sido la percepción de que él
también ha reaccionado como si no fuera la primera vez que nos veíamos. He
pasado el resto de la tarde sin poder desprenderme de esa impresión. Los
recuerdos, mezclados y difusos, se han ido agolpando en mi cabeza. Ahora,
cuando anochece, siento que tengo que ponerlos en orden. Mientras, él estará
recorriendo la alfombra roja. La que, en estos días que cierran el verano
donostiarra, lleva desde el María Cristina hasta el Victoria Eugenia.
Ya habrá olvidado, seguramente para siempre, nuestro fugaz encuentro
-¿reencuentro?- que tanto impacto ha causado en mí. Cierro los ojos. Y, como si
al hacerlo hubiera accionado un interruptor que reactivara una parte adormecida
de mi memoria, aparecen las imágenes de aquella época de mi vida. Tan cercana y
tan lejana como un amigo que se ha ido para siempre.
En la primavera de 1968 hacía
unos meses que había llegado a Madrid. Era una estancia obligada: tenía
que cumplir el servicio militar. Toda una aventura para alguien de poco más de
veinte años y que apenas había salido de San Sebastián. Ir a la “mili”
era todavía un proceso iniciático: se abandonaba la primera juventud para
hacerse adulto. Pero antes había que pasar unos largos meses en el ejército.
Por eso, era trascendental el destino que a uno le tocaba en suerte. Me sonrió
la fortuna: la mayor parte del tiempo la pasé en el Ministerio de Marina.
Justo al lado de la Plaza de Cibeles. También fue una suerte que la
entidad que mejor representaba el statu quo del franquismo todavía no
celebrara allí sus títulos futboleros. Habría sido insufrible.
Me tocó estar a las órdenes de un
sargento. Era andaluz. Inenarrable la versión que hacía de los apellidos
vascos. Pero, eso sí, tenía un alto concepto de quienes éramos del norte, como
él decía. Lo demostró con los hechos: me eligió como cabo furriel. Una especie
de hombre de confianza que se ocupa de llevar la administración del tinglado
cuartelero. Coser y cantar para alguien sistemático y ordenado. No sé si era
innato en mí o la consecuencia de llevar ya unos cuantos años trabajando en la
administración de una empresa. Aquellos que no habíamos nacido en una familia
con pudientes teníamos que ganarnos la vida. Había que aprender pronto. Y bien.
Hubo un momento en que estuvo a
punto de quebrarse la confianza que el sargento había depositado en mí. No fue
por hacer una chapuza, sino porque la sociedad estaba entrando en ebullición, y
yo estaba decidido a no mirar desde lejos. Antes de salir de Donosti ya
tenía pensado que, a la vuelta, debía implicarme en la lucha contra el régimen.
La estancia en Madrid era una buena ocasión para tomar referencias y
para ir sopesando opciones. Junto a un compañero de andanzas, me sumergí en
aquel Madrid del 68 al que llegaban los ecos de lo que pasaba en París.
El aparato represor de la dictadura no se andaba con chiquitas. Pero había
muchas iniciativas interesantes que no me quería perder. Como la de aquellos
profesores expulsados de la universidad que pronto se convirtieron en leyenda: Aranguren,
Tierno Galván…
Tuvieron la osadía de organizar
un curso. Sobre sociología política o algo así. Nos apuntamos sin dudarlo. Y
como no teníamos otra ropa, íbamos a las clases con el uniforme de infantes de
marina. Era como de jefe de pista de circo. Incluidos unos pantalones con rayas
rojas a los lados. A ninguno de los compañeros de aula se le paso por la
imaginación que fuéramos soldados. Nadie en su sano juicio iba a presentarse
allí vestido de militar. Pensaron que trabajábamos en correos. Nos llamaban “los
carteros”. La cosa no duró mucho. El Gobierno cerró el chiringuito
antes de acabar el curso. Pero la experiencia dejó su huella. En cuanto nos
proveímos de ropa de paisano, la Universidad se convirtió en el centro
de nuestras inquietudes. Se respiraba oposición al régimen. Al menos en el
grupo de estudiantes vascos que frecuentábamos. Lo que más me sorprendía era
ver a la policía pasearse a caballo por el campus. Ni que decir tiene que por
allí había movidas cada dos por tres. Siendo soldados, no es difícil imaginar
el paquete que nos podía caer si nos detenían. Pero éramos jóvenes, muy
jóvenes. Teníamos buenas piernas. Y, sobre todo, un deseo irrefrenable de vivir
aquel tiempo sin pararnos a coger aliento.
Nuestro mayo del 68 no dio para
grafitis tan ocurrentes como los parisinos. Pero pudimos ir a la Facultad de
Económicas a aquel concierto en el que Raimon cantó Al vent.
Y sentir como se nos ponía la piel de gallina. La represión política era feroz.
Pero cualquier evento cultural o social era bueno para sentir que uno también
estaba en la pelea. En esas lides andaba cuando apareció en mi vida “el
alemán”. También era soldado. Y, por supuesto, no era alemán. Vivía en Madrid.
Como muchos de los que a finales de los 60 vivían allí, había nacido en
un pueblo en el que el único porvenir era trabajar en el campo. Precisamente
debía su apodo a que, tratando de huir de aquello, había pasado varios años currando
en Alemania. Al parecer, se le había despistado lo de hacer la
“mili”. Cuando regresó, le recordaron que tenía que cumplir con la patria.
Nuestra relación fue fraguando al son de nuestras conversaciones sobre
política. Me dejó un libro. De Lenin. Nada más y nada menos. No puedo
decir que me lo leí de cabo a rabo, pero, a ratos, le iba echando vistazos. Y
como no eran tiempos para andar con Lenin de un lado para otro, dejaba
el libro en la oficinilla en la que ejercía de furriel. Encima de un armario;
entre un montón de papeles. Así fue como todo estuvo a punto de irse al carajo.
Un día el sargento se acercó mí
con cara de circunstancias. No recuerdo exactamente sus palabras. Pero, entre
su decir y no decir, quedó claro, clarísimo, que sabía algo de un libro que
podía amargarnos la existencia. La suya y la mía. La cosa podía haber acabado
con mis huesos en el calabozo y haciendo más “mili” que la bandera. Pero el
sargento, que era chusquero y sabía cómo se las gastaba el ejército,
decidió que aquí paz y, desaparecido Lenin, santas pascuas. Dicho y
hecho. El libro fue de inmediato devuelto a su dueño. Sin embargo, el
desembarazarme del cuerpo del delito no hizo que “el alemán” perdiera su
interés por mi futuro político. Y aquí es cuando la cosa se puso al rojo vivo.
Porque estaba claro que el asunto iba de rojos muy rojos. Ya sabía que andar
conspirando contra la dictadura era peligroso. Pero era la oportunidad de
conocer de cerca cómo funcionaba el asunto. Porque yo quería estar en el ajo.
Era evidente que el régimen franquista iba a pelear con todas sus fuerzas para
conservar el poder omnímodo que llevaba ejerciendo desde hacía tres décadas.
Pero, de una forma o de otra, había que mojarse.
La propuesta de “el alemán”
fue que me entrevistara con cierta persona. No cabía duda de que se trataba de
un dirigente de la organización en la que él militaba. Acepté su proposición.
Era una cita a ciegas. Sólo sabía que el día señalado debía estar en
determinado sitio, a una hora concreta. Alguien contactaría conmigo. El lugar
de la cita se las traía: la Puerta del Sol, en la salida de una boca de
metro que está justo al ladito de lo que entonces era la Dirección General
de Seguridad. Que, como era de dominio público, era el sitio al que se
llevaba a los detenidos por asuntos políticos para, digamos, interrogarlos. Sin
contemplaciones, claro.
Me presenté en el sitio convenido
y a la hora fijada. Él también era joven. Le eché treinta y tantos. Su aspecto
no llamaba la atención. Ni por su físico ni por su indumentaria. No sé si de
manera natural o premeditada, se mimetizaba con el paisaje urbano por el que
íbamos caminando. Bajamos hacia el Paseo del Prado y nos perdimos entre
callejas. Fuimos a un bar. No nos preguntamos por nuestros nombres. La
conversación fue directa, concisa. Mostró una actitud abierta y comprensiva
cuando le expuse mi punto de vista: tenía decidido militar contra la dictadura,
pero mi idea era hacerlo en alguna organización de ámbito estrictamente vasco
y, además, ligada al movimiento obrero. Lo entendió. Y no insistió en su
propuesta de que me vinculara a la suya. Nunca me dijo cuál era. Tampoco me lo
dijo “el alemán”. Que pronto se licenció y desapareció para siempre de
mi vida. Enseguida me tocó licenciarme a mí. Y la vida pasó página. Con el
transcurrir del tiempo y con los ajetreos de la transición, aquella
entrevista se convirtió en algo lejano. El rostro de aquel hombre se fue
diluyendo. No recordaba sus facciones. Ni su forma de mirar. Pero…
Sobresaltado, abro los ojos. No
me cabe ninguna duda: lo que el fugaz encuentro de unas horas antes ha traído
al presente son las sensaciones que tuve en aquella cita. Y también las
incógnitas que quedaron tras ella. Han pasado veinte años. La pregunta retumba
en mi cabeza: ¿es posible que el hombre con el que mantuve aquella entrevista
fuera el que en la clandestinidad se hacía llamar Federico Sánchez?
Repaso en mi memoria. La hipótesis es inverosímil. Casi imposible. El alias más
famoso de la lucha contra el régimen franquista, Federico Sánchez, fue
expulsado del Partido Comunista de España antes de 1968. Y no
tiene lógica pensar que siguiera conspirando tras esa fecha, cuando el
personaje clandestino había desaparecido para reconvertirse en sí mismo, en la
persona que estaba tras aquel nombre de guerra. Sin embargo, hay un
detalle que me desasosiega: la sensación de que, al mirarme, él no ha
reaccionado como si hubiera visto a un desconocido. Aunque, pienso, igual es
algo que les pasa a menudo a quienes son famosos y tienen que corresponder a
miradas ajenas que los contemplan con expresión de familiaridad.
Más relajado, vuelvo a cerrar los
ojos. Y sigo recordando. Cuando Federico Sánchez desapareció de la
escena, se instaló definitivamente en ella el personaje real. El que pronto se
iba a convertir en un notable de la cultura y en un referente de la gauche
divine europea. El que pasados los años iba a ser Ministro de Cultura del
gobierno socialista. El que hace unas pocas horas ha cruzado su mirada con la
mía. El que, en este mismo momento, está asistiendo a la clausura del Festival
de Cine. No es ningún secreto. En 1988, quien conoce la historia de
la lucha antifranquista sabe que el extinto Federico Sánchez y el
ministro Jorge Semprún son la misma persona. Pero, me digo a mí mismo
mientras amago una sonrisa, probablemente nunca llegaré a saber si ambos son,
además, el hombre de la Puerta del Sol.