Hacía frío.
A lo largo de su vida recordaría
aquel día muchas veces y siempre empezaba por aquella sensación: el frío.
Un frío paralizante que parecía
surgir de su propio interior y que se fundía con el hielo colgado de aquel
tejado que apenas la protegía.
A veces, el recuerdo aparecía de
repente, sin que pudiera controlarlo y la invadía, se metía en su cuerpo, en su
mente y la llevaba a revivir el momento con una intensidad que la anulaba y la
dejaba exhausta. Exhausta, sí. Exhausta y, sin embargo, reconciliada, en paz.
Volvía a ser consciente de que lo había logrado.
Otras, era ella la que lo
buscaba. Cuando necesita energía para subir otra cuesta, para afrontar otro
reto, para espantar otro fantasma… Entonces resultaba doloroso porque para
llegar tenía que empezar por el principio. Y eso costaba mucho.
El principio.
Primero tenía que reconocerlo,
saber dónde había empezado a quebrarse, en qué momento había sido consciente,
como en un breve relámpago que volvía a apagarse, de que aquello no era amor,
era otra cosa.
Se conocían desde la infancia,
habían crecido juntos, compartiendo juegos amigos, juergas, aventuras,
viajes...
Luego empezaron los cuidados, las
atenciones, la agradable sensación de sentirse importante, protegida,
¿controlada? No, esa sensación tardó en llegar. Aunque, ahora, ella sabe que ya
había empezado todo.
Antes de que todo se volviera
oscuro hubo tiempo para hacer un proyecto de vida prometedor, para ilusionarse,
para construir, para compartir.
Y empezó, sin darse cuenta, a
justificar, a comprender, a sentirse responsable, a sentirse culpable, a no
sentirse capaz, a no sentirse.
—Me quiere tanto que para
protegerme quiere saber siempre dónde estoy.
—Me quiere tanto que me ayuda a
apartar de mí las personas que me perjudican.
—Me quiere tanto que me ayuda a
elegir la ropa para que siempre vaya perfecta.
—Cuando se enfada, guarda
silencio y no me habla, es porque no puedo entender en qué me he confundido.
Tengo que esforzarme para estar a su altura.
Era una red sutil, invisible, que
a ratos asfixiaba, que a ratos se aflojaba. Así podía resistir.
Y nació su hija.
Y la presión se redobló.
Había que controlar dos vidas.
Ella está segura, ahora, de cuál
fue el episodio que la ayudó a encontrar el camino hacia su fuerza, hacia esa
fuerza perdida en el laberinto de la red que la anulaba.
Aquel día, como tantos otros,
ella no sabía en qué se había confundido, qué había hecho mal y como otras
veces la agarró por los brazos mirándola de aquella manera que la dejaba
aterrorizada. Ella sabía que no iba a soltarla hasta que la viera suplicante,
anulada. Pero esta vez había algo distinto. La niña gateaba hacia la puerta del
balcón. Y la puerta estaba abierta.
Ella vio el peligro y su súplica
cambió, su mirada fue otra y pudo ver un resquicio de desconcierto en su
maltratador.
Y supo que podría.
Después los recuerdos se le
nublan. Sabe que, al cabo de un tiempo, encontró la manera de sacar a su hija
de allí y, cuando la sintió segura, huyó.
Huyó porque el miedo le impedía
pensar. Huyó porque el miedo no le dejaba decidir.
Así llegó a aquel lugar donde su
frío interior se fundía con el hielo del tejado.
Llegó a aquella chabola a la que
había ido tantas veces en su niñez a soñar sus sueños, a espantar sus miedos, a
escribir sus pensamientos, a guardar sus secretos. No importaba que estuviera
casi derruida. Volvió a servirle de refugio.
Y entonces, sucedió.
Apareció la luz que la cegaba
pero que iba devolviendo su cuerpo a la vida, que iba empujando hacia fuera la
nube oscura que oprimía su cabeza.
Y la luz salía de aquella piedra.
Aquella piedra enorme que siempre
la había asustado porque proyectaba una sombra de fantasmas. Sin embargo, a
medida que emitía la luz, iba haciéndose más y más pequeña. Hasta que fue
liviana, hasta que pudo cogerla.
La piedra que ahora tenía en sus
manos. Sí, seguía con ella. Desde aquel día siempre había estado con ella.
Esa luz le abrió la red y pudo
pedir ayuda. Y empezó a entretejer otra nueva de apoyos, de complicidades, de
cariño, de comprensión.
Había pasado mucho tiempo desde
aquel día, el camino había sido largo y duro pero había conseguido juntar otra
vez sus pedazos y volver a ser. Ahora estaba preparada.
Estaba preparada para ayudar.
Había superado la vergüenza, se
aceptaba, se quería y estaba dispuesta a compartir su historia.
Porque sabía que así otras
mujeres podrían salir de las redes asfixiantes. Ella podía ayudar a que cada
una encontrara su piedra.
Se preparó, la cogió y salió de
casa. Sabía a dónde tenía que ir. Allí empezaron a ayudarla.
Ahora sería ella quien lo
hiciera.