Me
crearon para divertir. Nadie me preguntó qué tipo de vida quería tener. A nadie
le importó si me gustaba estar colgado para siempre, ya que si mi destino no
cambia, toda mi vida penderá de unos hilos.
Me concibieron en un taller. Al principio,
como todos al nacer, no comprendía nada. Recuerdo, eso sí, el primer roce: unas manos
suaves, cálidas, palpando mi forma incipiente. Cada presión, cada caricia
quedaba grabada en mí, y poco a poco el entorno comenzó a dejar huellas sobre
mi naciente conciencia. Sí, tengo sentimientos. ¡Que nadie lo dude!
Aquel estudio era un universo en miniatura. A veces
reinaba el silencio; otras, el aire se llenaba con el murmullo del desaliento.
Escuchaba llantos ahogados, veía cómo las manos de mi creadora, furiosas,
lanzaban al cesto de desecho las bolas deformes. Aún no entendía nada: solo
observaba y guardaba memoria. En ocasiones me olvidaban sobre un montón de
telas, y recortes de fieltro. Era un caos colorido, y en medio de él yo
comenzaba, sin saberlo, a gestar mi alma.
Pero
un buen día comencé a tener una forma definida y lo mejor, es que podía ver,
comprender y hasta pensar. Mi tutora había decidido ponerme una cabeza con
peluca amarilla y un sombrerito de color verde. Sin embargo, en la cara me
salió una cicatriz, justo en la mejilla derecha. Al cortar la pieza de tela se
le fue la tijera, y zas, marcó mi cara. Fea, visible, irreparable. Por un
momento creí que me echarían al cesto de desecho, como a los otros defectuosos,
a nadie le gusta un feo. Tuve suerte, y aunque el estigma durará toda la vida,
yo viviré acostumbrado a verlo como si no existiera. Después de todo, mi cara
es resultona, mis ojos azules iluminan mi sonrisa y ahora sé, con el tiempo lo
he aprendido, que los defectos son solo una cualidad más entre todo lo que uno
tiene.
Mi
cuello lo unieron a un cuerpo de trapo y
a dos almohadillas alargadas, una por cada lado a la altura de los hombros.
Cada una terminaba en un pequeño cilindro de madera hueco, atravesado por un
hilo de donde colgaban dos manos, una a cada lado, con sus deditos y todo.
Pensé que sería un hombre. Pero me inquietaba tanta blandura ¿cómo podría sostenerme
con tan poca firmeza? ¿Acaso mi tutora no se daba cuenta?
Aquella noche, mientras los demás se retiraron a descansar, me dejaron sobre la mesa de trabajo. La cabeza se había vuelto muy pesada, y mi cuerpo era algo deforme. Me invadió la angustia. ¿Para qué me traen a este mundo, si no podré ser nunca independiente, ni autónomo, ni libre? No tiene sentido una vida así. No dormí. Solo esperé el amanecer para que su nueva luz disipara mi tristeza.
Cuando
sus manos reanudaron la labor comencé a sentir su calor. Cosieron a este cuerpo, dos patas también de trapo con
rodillas articuladas y terminadas en sendos canutos de madera atravesados por
un hilo de donde colgaban dos soberbios zapatos negros con los que podría
ponerme de pie. ¡Qué ilusión! Ahora ya era una personita completa.
¡Qué
cosas tiene la cabeza! Pensar que todo lo que me importaba en aquel principio eran
las formas, como si el serrín que alimentaba mi cabeza no fuera importante.
Como si mi espíritu no fuera lo más extraordinario. De repente, lo comprendí
todo: acababan de darme el tiempo. El mejor regalo para una vida. Tiempo. Yo
podría ser eterno, para siempre sin pedir nada a cambio, porque no me consumo,
soy inerte. Y dentro de mi cabeza guardo
el afecto, la ilusión, el recuerdo, la memoria de un día señalado: el día que
alguien me escogió en la tienda de títeres, como regalo para un amigo. Cuando
mi dueño me observe, me toque o juegue conmigo reconocerá toda la magia que
llevo dentro de mí. Y se quedará conmigo hasta el fin, porque yo le sobreviviré.
Yo me llamo Tiempo.
De cada miembro de mi cuerpo, incluso de la
cabeza y también de la espalda, salen unos hilos invisibles sujetados en una
madera a una cierta distancia, para dar espacio y poder manejarme desde lo alto
recreando personajes maravillosos. Hoy voy vestido de frac rojo, pajarita verde como mi sombrero y pantalón de
rayas. Han perfilado mi boca de blanco, parece gigante, y llevo una bola roja
en la nariz, pero no solo soy un payaso con una cicatriz en la cara. Yo, en
realidad, podría ser cualquiera de vosotros, marioneta o espectador o
fabricante de sueños, o escritor de cuentos o regalo para acompañar una tarde
de invierno, por eso hoy, os traigo en mis manos un reloj de arena, todo un
símbolo de mi propio tiempo sin fin.
Marisa Gutiérrez Angulo