2019: NADA (María Sánchez)

La mujer iba a llevar flores a la tumba del que había sido su marido. Normalmente, lo hacía los miércoles antes de la cita en el club con sus amigas porque sabía que se lo preguntarían. Era una más de sus rutinas de viuda. Lo establecido, lo que había que hacer.

Iba, pero no le hablaba. ¿Para qué? Nunca la había escuchado. Lo había intentado todo. Procuraba complacerle, hablarle de sus intereses, comportarse como la esposa del gran hombre. Era la perfecta anfitriona, respetaba todas las normas. Todas las normas. Aún ahora lo seguía haciendo, pero él no le perteneció nunca y ella seguía sintiéndose culpable.

La habían educado con esmero para cumplir su única función en la vida y había fracasado. Eso también se lo habían enseñado con claridad: si no funcionaba, ella era la responsable.

Y había fallado.

Aquella semana todo había salido al revés, la organización de su tiempo, de sus actividades que con tanto cuidado preparaba y que le proporcionaba esa sensación de normalidad, de seguridad, de seguir perteneciendo al círculo adecuado… se le había ido de las manos y tuvo que cambiar el día y la hora de la visita al cementerio.

Era viernes por la tarde y encima llovía. No se veía a nadie y ella estaba inquieta. Decidió que no volvería más a esa hora.

Se metió en la calle del panteón y entonces lo vio.

Delante de la tumba de su marido había un hombre. Le sorprendió tanto que se escondió para observarlo.

Era un desconocido. No recordaba haberlo visto antes. Alto, delgado, bien vestido, con un aire diferente. Ella lo clasificó como extranjero, “quizás del norte de Europa”, pensó.

Estaba de espaldas, pero el movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. ¡Estaba llorando!

Se giró un poco y pudo ver que tenía un papel escrito entre las manos. La lluvia lo empapaba y, como después comprobaría, lo iba borrando.

Estuvo un rato, después no pudo recordar cuánto, observando, incrédula, el dolor y la desesperación que emanaba de aquella figura. Estaba tan absorta,

 que debió moverse hacia atrás, tropezó con un jarrón y perdió el equilibrio.

El ruido que hizo al caer alertó al hombre que, mirando asustado a su alrededor, se fue precipitadamente. Era evidente que no quería ser visto. Seguramente, él sí había elegido ese momento para visitar a su marido…

En su huida se le cayó aquel papel y, ella, cuando pudo reaccionar a la sorpresa, al golpe y a la desazón que le producía tanto acontecimiento imprevisto, lo recogió y empezó a leerlo sin saber que iba a conocer gran parte de su vida.

¡Ven a verme!

Por los tiempos pasados. Por los que vendrán. Por las historias compartidas. Por los malos momentos. Por los ratos de armonía. Por las miradas. Por los desencuentros.

¡Tienes que venir!

Lo habíamos pactado. Parecía sencillo. Nos sentíamos capaces de traspasar el tiempo. De traspasar el espacio. De mantener el hilo invisible que nos unía. Nadie lo veía y… ¡cómo disfrutábamos!

Disfrutábamos porque, aunque estábamos entre la gente, era sólo nuestro. Era tan leve el cruce de miradas y tan intenso. ¿Te acuerdas? Nos poníamos la mano en el corazón convencidos de que los demás verían cómo trotaba al compás de nuestra emoción.

¡Ven, por favor!

Sigo viviendo de lo que vivimos. Y vivimos mucho. En esa realidad paralela, invisible para los demás, imprescindible para mí. Y para ti. Aunque no te atrevieras nunca a salir de ese círculo en el que nuestro amor no tenía cabida. De ese círculo de tu vida oficial.

¡Ven una vez más!

En nuestro aniversario estuve en aquel rincón y recordé nuestra canción:

“Rien n’a changé et pourtant, tout est différent.

Rien n’est pareil et pourtant, tout est comme avant » *

Ahora me parece una premonición, pero ese día me concentré, seguí nuestro ritual y, por un instante… ¡volviste a estar junto a mí!

Pero ya no puedo, el tiempo va pasando

No pudo seguir leyendo, la lluvia había borrado el resto, pero daba igual, era suficiente, era demasiado…

Y empezó a pasar delante de sus ojos una película en la que ella era la protagonista, pero que veía por primera vez.

Los recuerdos la sacudían, las imágenes la cegaban, las voces la aturdían…

Porque todo cobraba otro sentido.

Porque no quería, pero empezaba a entender.

Porque había vivido con un extraño.

Porque eran ellos los que se amaban.

Porque ella nunca había tenido la menor posibilidad.

Y, sin embargo, en aquel mismo instante, le perdonó. Les perdonó.

Y empezó a perdonarse.

Entonces hizo algo que no había podido hacer hasta aquel momento.

No se lo había permitido.

Entonces, lloró.

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* “Nada ha cambiado y, sin embargo, todo es diferente. Nada es igual y, sin embargo, todo es como antes” (Rien n’a changé. GeorgesMoustaki)