La mujer iba a llevar flores a la
tumba del que había sido su marido. Normalmente, lo hacía los miércoles antes
de la cita en el club con sus amigas porque sabía que se lo preguntarían. Era
una más de sus rutinas de viuda. Lo establecido, lo que había que hacer.
Iba, pero no le hablaba. ¿Para
qué? Nunca la había escuchado. Lo había intentado todo. Procuraba complacerle,
hablarle de sus intereses, comportarse como la esposa del gran hombre. Era la
perfecta anfitriona, respetaba todas las normas. Todas las normas. Aún ahora lo
seguía haciendo, pero él no le perteneció nunca y ella seguía sintiéndose
culpable.
La habían educado con esmero para
cumplir su única función en la vida y había fracasado. Eso también se lo habían
enseñado con claridad: si no funcionaba, ella era la responsable.
Y había fallado.
Aquella semana todo había salido
al revés, la organización de su tiempo, de sus actividades que con tanto
cuidado preparaba y que le proporcionaba esa sensación de normalidad, de
seguridad, de seguir perteneciendo al círculo adecuado… se le había ido de las
manos y tuvo que cambiar el día y la hora de la visita al cementerio.
Era viernes por la tarde y encima
llovía. No se veía a nadie y ella estaba inquieta. Decidió que no volvería más
a esa hora.
Se metió en la calle del panteón
y entonces lo vio.
Delante de la tumba de su marido
había un hombre. Le sorprendió tanto que se escondió para observarlo.
Era un desconocido. No recordaba
haberlo visto antes. Alto, delgado, bien vestido, con un aire diferente. Ella
lo clasificó como extranjero, “quizás del norte de Europa”, pensó.
Estaba de espaldas, pero el
movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. ¡Estaba llorando!
Se giró un poco y pudo ver que
tenía un papel escrito entre las manos. La lluvia lo empapaba y, como después
comprobaría, lo iba borrando.
Estuvo un rato, después no pudo
recordar cuánto, observando, incrédula, el dolor y la desesperación que emanaba
de aquella figura. Estaba tan absorta,
que debió moverse hacia atrás, tropezó con un
jarrón y perdió el equilibrio.
El ruido que hizo al caer alertó
al hombre que, mirando asustado a su alrededor, se fue precipitadamente. Era
evidente que no quería ser visto. Seguramente, él sí había elegido ese momento
para visitar a su marido…
En su huida se le cayó aquel
papel y, ella, cuando pudo reaccionar a la sorpresa, al golpe y a la desazón
que le producía tanto acontecimiento imprevisto, lo recogió y empezó a leerlo
sin saber que iba a conocer gran parte de su vida.
¡Ven a verme!
Por los tiempos pasados. Por
los que vendrán. Por las historias compartidas. Por los malos momentos. Por los
ratos de armonía. Por las miradas. Por los desencuentros.
¡Tienes que venir!
Lo habíamos pactado. Parecía
sencillo. Nos sentíamos capaces de traspasar el tiempo. De traspasar el
espacio. De mantener el hilo invisible que nos unía. Nadie lo veía y… ¡cómo
disfrutábamos!
Disfrutábamos porque, aunque
estábamos entre la gente, era sólo nuestro. Era tan leve el cruce de miradas y
tan intenso. ¿Te acuerdas? Nos poníamos la mano en el corazón convencidos de
que los demás verían cómo trotaba al compás de nuestra emoción.
¡Ven, por favor!
Sigo viviendo de lo que
vivimos. Y vivimos mucho. En esa realidad paralela, invisible para los demás,
imprescindible para mí. Y para ti. Aunque no te atrevieras nunca a salir de ese
círculo en el que nuestro amor no tenía cabida. De ese círculo de tu vida
oficial.
¡Ven una vez más!
En nuestro aniversario estuve
en aquel rincón y recordé nuestra canción:
“Rien n’a changé et pourtant, tout est différent.
Rien n’est pareil et pourtant, tout est comme avant » *
Ahora me parece una
premonición, pero ese día me concentré, seguí nuestro ritual y, por un
instante… ¡volviste a estar junto a mí!
Pero ya no puedo, el tiempo va
pasando
No pudo seguir leyendo, la lluvia
había borrado el resto, pero daba igual, era suficiente, era demasiado…
Y empezó a pasar delante de sus
ojos una película en la que ella era la protagonista, pero que veía por primera
vez.
Los recuerdos la sacudían, las
imágenes la cegaban, las voces la aturdían…
Porque todo cobraba otro sentido.
Porque no quería, pero empezaba a
entender.
Porque había vivido con un
extraño.
Porque eran ellos los que se
amaban.
Porque ella nunca había tenido la
menor posibilidad.
Y, sin embargo, en aquel mismo
instante, le perdonó. Les perdonó.
Y empezó a perdonarse.
Entonces hizo algo que no había
podido hacer hasta aquel momento.
No se lo había permitido.
Entonces, lloró.
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* “Nada ha
cambiado y, sin embargo, todo es diferente. Nada es igual y, sin embargo, todo
es como antes” (Rien n’a changé.
GeorgesMoustaki)