Espoleado
por su espíritu investigador a la par que aventurero, lo intentó primero con el
encargado de dirigir la oración en la mezquita de su barrio, a la sazón, dueño
de la lavandería que frecuentaba, personaje muy respetado por la comunidad
musulmana de la zona, por su saber y rectitud. Pero aquello superaba las
competencias y conocimientos del imán Abdulah Hashem quien le recomendó lo
consultara con el ulema Mustafá Ismail, residente en Zaragoza, imponiéndole dos
condiciones: que no le mencionara y que, evacuada la consulta, le comunicara la
respuesta con discreción.
Se
dirigió a las orillas del Ebro y tras ser recibido por el erudito, reconocido
por su profundo conocimiento en teología, derecho (sharía) y filosofía
islámicos, no quiso ayudarle, antes bien, escandalizado, le invitó a marcharse,
tildándole de blasfemo, más tratándose de un infiel.
Nadie
podía atravesar el Sirât, que según el islam es un puente
sobre el abismo del infierno que conecta el mundo terrenal con el más allá y
regresar para contarlo. Sólo los justos logran atravesarlo, mientras que los
pecadores caen, irremisiblemente, al fuego eterno.
Recurrió
a otras instancias. Sabía por experiencia que las relaciones con el Vaticano
son lentas, pausadas y reflexivas. Presentó su solicitud en la parroquia
cercana a su domicilio, ante la atónita mirada del párroco que le atendió
vistiendo un buzo azul y una llave inglesa en la mano derecha porque, según le
comentó, estaba arreglando una pequeña avería en el sistema de calefacción del
templo. ¡Lo que faltaba, un cura obrero! Pero, ¿no habían desaparecido?
Sabedor
de que, de un tiempo a esta parte, estaban obligados a cumplir las estrictas
directrices en lo que a indumentaria se trataba, que contemplaban el uso del
alzacuellos en toda circunstancia, un cura ataviado de tal guisa, no parecía la
mejor manera de comenzar los trámites para obtener un visado para acceder a las
puertas del infierno, siguiendo los pasos que nos refirió Dante en La
Divina Comedia.
Transcurrieron
meses desde que, su razonada instancia, peregrinara vía obispado a la
Nunciatura y, desde allí hasta el dicasterio correspondiente del Vaticano. Ya
casi había olvidado su investigación cuando recibió la contestación, citándole
un jueves a las nueve de la mañana a la puerta de la heladería de la Piazza
Navona de Roma, donde le esperaría una persona que llevaría en la mano derecha
un ejemplar doblado del L'Osservatore Romano dejando ver la
mancheta y a quien debería dirigirse diciendo: - Francisco tiene gripe,
y le respondería: - Hemos avisado al médico.
Acudió
presto y con la suficiente antelación como para tomarse un expreso en la
terraza de enfrente, observando a los curas ensotanados, suponía que
funcionarios del Vaticano, que se dirigían a paso rápido al Vaticano y, sobre
todo, la entrada del establecimiento. De repente, sin que pudiera concretar
cómo, apareció el susodicho de la prevista guisa.
Identificados
ambos, se presentó como Rafael, alto cargo de la milicia celestial, que no de
la Guardia Suiza, dedicada a asuntos más terrenales. Era un joven atlético,
educado, simpático y jacarandoso, amanerado en sus formas y tono de voz, que le
recordaba a esos que han copado todas las televisiones últimamente.
Le
facilitó una identificación que, le dijo, debería llevar siempre consigo en
lugar visible y, bajo ninguna excusa, deberían separarse.
Nada
recordaba de lo ocurrido instantes posteriores al encuentro.
Ampliando
su solicitud, le ofrecían la posibilidad de una visita panorámica del cielo, a
cuyo recibidor accedieron. Se percibía ese olor mezcla de comida, lejía y cera
que caracteriza a los conventos e internados. Prefirió no pasar, por no ser el
objeto de su investigación.
Le
mencionó que al limbo no podrían acudir, por haber sido clausurado en 2007 por
la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la
Doctrina de la Fe.
Finalmente,
descendieron la sencilla escalera por la que se accedía a la entrada del averno
y allí, sí, en su parte superior, se encontraba el temible letrero cuya
existencia deseaba corroborar: Lasciate ogni speranza: ¡Oh,
vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
En
el recibidor, estaban descritos, con sus correspondientes pictogramas, los
nueve círculos donde los condenados se encuentran distribuidos según sus
culpas.
Tampoco
quiso acceder, pero no se resistió a asomarse al reservado a los lujuriosos,
con muchas caras conocidas, algunas de su barrio, tan modositas ellas y tan
ejemplares ellos en vida, que la lógica discreción impide facilitar sus nombres
o al de los golosos, alrededor de una gran mesa llena de viandas en la que
oficiaba un tal Savarín como maestro de ceremonias.
Satisfecho,
en compañía de su guía y protector y sin encontrar una explicación lógica, se
encontró de nuevo en la terraza de la misma cafetería, pero esta vez con un
negroni como aperitivo.
José Manuel Etxaniz