Ayer amanecí tranquila. Fui al comedor a leer. Y estaba tranquila hasta que vino la mosca.
Mas
que mosca era un moscardón. Una mosca enorme y muy ruidosa. Volaba en círculos sobre
mi cabeza. Se alejaba y volvía. Se alejaba y volvía. Parecía decidida a
molestarme.
De
golpe me vi en pie, hablándole. Quería hacerle entrar en razón. Le expliqué que
me estaba molestando, le pedí que se fuera, que me dejara leer en paz. Incluso
caminé hasta el ventanal que daba al jardín, estaba abierto y se lo enseñé. Le
dije: ven aquí, eres libre, sal y vuela. Le hablé suave. Hay que hablar suave
para que te atiendan. Puse mi mejor voz. Pero ella no me entendía. Seguía
sobrevolando, iba y venía y me pasaba rozando y cada vez que yo me concentraba
en la lectura ella aprovechaba para zumbar más fuerte.
Me
sacó de quicio. No pude evitarlo. Me puse de pie otra vez. Le grité: que se
fuera ya, si no quería que le rociará con insecticida. Pero nada, seguía
desafiándome. Cuanto más le hablaba más se me venía encima. Me fui a buscar el
insecticida y se lo mostré. “es tu última oportunidad”—le dije—No le importó.
Entonces le disparé un poco de veneno. Mi amiga dice:” un poco es suficiente”.
Se puso a volar frenética, como si estuviera ofendida.
Eche
más veneno, tapaba el café con una mano y con la otra la rociaba, pero ella
continuaba
con su vuelo furioso, en un zigzagueo imposible de seguir. Al final ya no me importó
nada, ni siquiera el café. Te lo dije: “el que avisa no es traidor. Te advertí
y no te importó. Estuve media hora pidiéndote que te fueras y tú no me
escuchaste, preferiste seguir molestándome. Pues ahora tú ya no me importas,
vuela y sobrevuela lo que quieras que ya me da igual, solo quiero verte morir”.
Cayó, pero siguió haciendo ruido en el suelo y no terminaba de morir. Revivía a
cada rato y yo escuchaba su aleteo contra el suelo. Al final me cansé, y otra
vez me puse a hablar con ella, en voz alta, como hablo últimamente, sola, con
las moscas, con las paredes, con el mundo… y justo en ese momento entró ella, la
enfermera, y me encontró así. “Que mala suerte la mía”. Me encontró increpando
a la mosca, “por qué no te mueres de una maldita vez”. Levantó el teléfono y
llamó a los médicos: que estaba delirando otra vez—les dijo— y enseguida
aparecieron dos enfermeros, me llevaron
a la habitación, me inyectaron y me deje ir poco a poco.
Para
que sepas, no tenías razón amiga: no basta con un poco de veneno, tardan en
morir.
Stella de la Cal