2013: LA SILLA DEL ABUELO (Enrique Cercadillo)

Hace unos años, en primavera, emprendí un viaje a mis orígenes: el pueblo de mis abuelos. En realidad, yo nací en otra aldea, pero, por circunstancias familiares, desde los dos años viví con ellos y para mí su hogar podría considerarlo como el mío propio.

Dejé el coche a las afueras y, procurando no ser visto, me fui andando, ligero de equipaje, con una mochila y un bastón. Necesitaba llenarme de aquella aura y pasar el día en soledad, recorriendo veredas y senderos que conocía, aunque el campo aparecía distinto por la concentración parcelaria.

Llevaba ya un tiempo caminando, cuando no sé por qué se me ocurrió sentarme en la tierra. Fue como si una llamada de la madre Naturaleza me dijera: ven conmigo a mi regazo. ¡Qué paz...! De mis ojos brotaron unas lágrimas y mi mente comenzó a revivir aquella luz de mis primeros veranos de alpargatas y sombrero, de ajuste de zagales acarreadores de mieses y de aquellos inviernos puros y fríos de amaneceres de escarcha. Tal era el estado de éxtasis en que me hallaba que, sin saber cómo, estaba hablando con mi querido abuelo.

Le decía: ¡Cómo me gustaría sentir juntos nuestras dos vidas...! Quiero que sepas que aquellos tiempos que viví junto a ti fueron en verdad los mejores años míos. Pero ya ves, tú te fuiste y yo me quedé en esta orilla con la esperanza puesta en ese día del reencuentro en la Casa del Pensamiento, allá al otro lado, donde tú estás, y cuando yo llegue estarás esperándome y otra vez empezaremos de nuevo, y cogido de tu mano, volveré a dar mis primeros pasos, como lo hiciste conmigo aquí, en este lado.

Vuelto a la vida real, emprendí la marcha y llegué al Pie de la Mesa, paraje en el que permanecían, imperturbables,las dos tainas o corrales para guardar las ovejas. En mis tiempos, una era del tío Donato y la otra del tío Maraianejo, así le llamaban.

Aquí me traía mi abuelo cuando venían los merineros,que debían ser los mismos de todos los años, porque le conocían bien y el saludo era, en lugar de estrecharse la mano, darse un abrazo. Desayunábamos con ellos. Nos daban leche recién ordeñada en una colodra o cuerna —recipiente hecho de un cuerno de vaca, quitada la parte maciza y tapado en el fondo con un taco de madera. En una ocasión, uno de los mayorales debió intuir que hacía un poco de asco a la leche y me dijo: Oye zagal, anda y tómatela tranquilo porque es muy buena. Para que no se te olvide y sepas cuando una leche es buena o mala, echas una poca en la palma de la mano, si no corre, no la tomes porque está agriada, y si se esparce es que es buena. Efectivamente, me puso en la mano una poca, la abrí y en seguida se desparramó toda. Luego tomamos migas, hechas en un caldero de cobre.

Pero a mí lo que más me gustaba de aquel mundo pastoril eran los perros mastines. Llevaban al cuello collares de carlancas, anchos y fuertes, con puntas de hierro, que les servían de defensa contra los lobos. Mi abuelo me dijo que estaban todos capados menos uno o dos, que no los esterilizaban para perpetuar la especie. Es que los lobos eran muy listos, cuando atacaban los rebaños iban en parejas, y si una hembra estaba de alta el mastín se iba con ella mientras los otros hacían la carnicería. Estando capados, no tenían ese apetito.

Otra tarea que me llamaba la atención era la rapidez con que montaban los corrales de redes. Primero, con una maza de madera hincaban en la tierra las estacas, que calculo tendrían, más o menos, un metro y medio de altura. Después, desenrollaban la redes, que eran de esparto y las colocaban. Y para que las ovejas entraran, un pastor llamaba a un carnero manso, entraba con él y a continuación se metían las demás.

Estas buenas gentes también llevaban armas. Según mi abuelo, se llamaban tercerolasy eran más cortas que las escopetas de caza. Las utilizaban, en casos extremos, para matar a los lobos.

Mientras seguía caminando por unos barbechos iba recordando cómo me adiestró mi yayo a poner cepos para liebres y perdices y a hacer el reclamo de estas aves. Así como a distinguir las huellas de los animales y a saber buscar y encontrar boniatos. En definitiva, me enseñó que se puede vivir solo en el campo sin morirse de hambre. ¡Qué lecciones de supervivencia! Nunca jamás se me olvidarán.

Enseguida llegué al molino de Valdevacas, regentado en aquel entonces por tres hermanos solteros: dos varones y una mujer. Se llamaban: Jesús, Isaías y Carmen. ¡Cuántos y que buenos  ratos pasábamos con ellos! Se portaban muy bien con nosotros, sobre todo ella, mi buena Carmen. No la olvido.

Del molino, decidí acercarme a la casa que había sido de mis abuelos. Y digo, había sido, porque hace muchos años mi familia la vendió a unos primos por ser los únicos familiares que nos quedaban allí. Me dio mucha pena verla convertida en corral de gallinas y en almacén de aperos de labranza.  Aquella casa, que lo fue todo para mí en los primeros años de mi vida y que tantos recuerdos traía a mi mente, convertida en aquello... Incluso la llave que me dieron ya no era la misma. La de la casa de mis abuelos era negra, de hierro y de unos quince o veinte centímetros, como lo eran todas en aquellos tiempos. En cambio, la que me entregaron correspondía a una cerradura normal y corriente.

Abrí la puerta y, haciendo oídos sordos al ruido de las gallinas, fui recorriendo la parte baja de la casa. Para mi alegría, no habían tirado ningún tabique. La distribución era tal como yo la recordaba: al entrar al portal, a mano derecha, seguía estando el cuarto de mis abuelos con su alcoba, donde me escondía de niño cuando veía que me iban a regañar por alguna travesura. A mano izquierda se conservaba la cuadra, casi igual que entonces, con sus pesebres y algún cepillo que se utilizaba para asear a los animales, el burro Simón y la mula Roya, y, al fondo, el gallinero y el pajar.

¡Cuántas historias vividas con el burrito Simón!, ¡qué listo era! Cuando se cansaba de estar en un sitio y quería irse empujaba a mi abuelo con la cabeza. Y mi abuelo: ya nos vamos Simón, espera un poco, hombre. Se conocían los dos muy bien. Simón era ya viejecito y le tenía cogido el pulso a mi abuelo. Llegué a pensar que adivinaba el día de la semana que había mercado en Berlanga. Por la mañana, muy temprano, empezaba a rebuznar para que le hicieran caso. Claro, su amo le daba ese día más ración y, mientras comía, lo cepillaba, le ponía un buen aparejo y hasta una bonita cabezada. Era un presumido, cambiaba de ambiente y en Berlanga solía estar con otros asnos. Mi abuelo le hablaba como a una persona y creo que el zorro de Simón le entendía a la perfección.

Al fondo del portal se encontraba la cocina de lumbre baja, con una chapa en el suelo y otra en la pared, que tenía grabada una imagen de San Gabriel Arcángel a caballo (o eso me dijeron de niño) que tanto me llamaba la atención. Pero esa ya no estaba. También seguía colgado el llaren el cañón de la chimenea. ¡La de historias que escuché al amor de aquella lumbre!

Sumido en mis añoranzas, subí a la planta de arriba y allí, amontonados en un rincón, aparecieron ante mis ojos los bancos, la mesa, los barreños y todos los utensilios de la cocina.En esta planta dormía yo. Tenía la cama orientada al este, de forma que cuando salía el sol iluminaba la estancia.

Mirando entre todos los cachivaches, escondida al fondo, alcancé a ver la silla de mi abuelo. No era una silla común. Estaba toda labrada. Tenía un respaldo muy alto, y  sus posabrazos  bien trabajados. Allí me sentaba yo cuando no estaba mi abuelo. Para mí, era un trono y yo me sentía un rey. ¡Cuántas veces me dormí en aquella silla en los brazos de mi abuelo! ¡Cuántos cuentos y poesías aprendí con él! ¡Qué historias sobre la guerra del moro me contaba! ¡Qué cantidad de recuerdos!

Fue precisamente esa silla la que me trasladó a mi infancia y la que me llevó a escribir este poema, nacido desde lo más profundo de mi ser. Lo hice con el pensamiento puesto en esa gran persona, que tanto y tan bien supo hacer de padre, mi querido y nunca olvidado abuelo.

Infancia, ¿por qué me dejas

tan solo con mis recuerdos?

Infancia, ¿por qué no hablas?

Infancia, ya... ya tengo miedos.

 

En aquel rincón, esa silla,

esa silla del abuelo,

de la abuela, de mi madre,

esa silla del recuerdo.

 

Me mira, me está mirando;

me mira, me está diciendo:

ven conmigo, calla, duerme,

que nos espera otro invierno.

 

Me acerco, me acurruco

y en su seno de dulces sueños,

me duermo y al despertarme

tú te alejas, yo... yo no puedo.