Ahora, cuando los últimos acontecimientos han creado entre nosotras ese lazo tan especial, has clavado en mí tus ojos, que saben leer mi corazón y mis pensamientos, y me has preguntado:
-Amá, tú ¿qué echarás en falta cuando te mueras?
Un ligero sobresalto ha roto el tabú implícito en nuestras ya habituales charlas salpicadas de confidencias y silencios compartidos. Y nítida, como si hubiera ocurrido hoy, he revivido una vieja escena…
Tus ojos cascabeleaban al mirarme y mientras tus manos, aún infantiles, sujetaban el vaso de coca-cola, me preguntaste:
-Amá, ¿cómo es estar muerta?
Me quedé sin palabras. Tú, atenta, esperabas mi respuesta sin dejar de observarme. Y yo me apresuré a contestar:
-Cierra los ojos, estate quieta y no respires.
Obedeciste durante unos segundos. Yo pensaba rápida, asustada aquellos días por aquel dolor en el pecho, lacerante e insistente, que me tenía asustada temiendo dejaros solos, tan pequeños, a ti y a tu hermano. Y por eso tu pregunta fue como un mal presagio.
-Es muy divertido, ¿no te parece? –contestaste pensativa-. Se oye cantar a los pájaros y también el ruido del mar. Y veo unas lucecitas de colores que cuelgan de la oscuridad y vienen corriendo hacia mí. Se siente latir el corazón y los oídos hacen “iiiiiiiiiiiiiiiiiiii” como si estuviéramos viendo fuegos artificiales. Amá, ¡es muy bonito estar muerta!
Mi corazón sintió lo que mi boca no pudo contestarte. No, hija, no. Estar muerta no es eso. Estar muerta no es bonito, al menos para los demás. Pero, ¿qué es entonces estar muerto? –me respondieron, sin palabras, tus ojos elocuentes-. Y por mi pensamiento pasaron, veloces, mil ideas: Quizás era sentirse en otra dimensión, sin comunicación posible con todo lo que has querido; o desplazarse ingrávido por ese túnel de música y luz del que tanto se ha escrito... O sencillamente permanecer helado mientras tu cuerpo se corrompe...
Y ya, mi cabeza se disparaba en la vorágine de la duda, del miedo, de lo desconocido… Y una vez más mil preguntas sin respuesta acudían a mi mente... ¿Son los pensamientos y los afectos un mero producto de las reacciones químicas de nuestro cuerpo? ¿O existe el alma eterna que escapa de nuestro cuerpo caduco en el momento de la muerte? ¿Somos quizás una parte del Universo de viaje por la Tierra? ¿Nos encontraremos con nuestros seres queridos en otra dimensión? ¿O puede ser que, más allá de la muerte, sólo exista la nada…?
¡Cuántos pensamientos nacieron de tu inocente pregunta!
Yo no sabía entonces, ni tampoco sé ahora, lo que es estar muerto.
2
“Bebiste un trago de coca-cola y seguiste con tus juegos. Luego, te tendiste en el suelo, inmóvil. ¡Parecías entonces tan segura de ti misma! ¡A saber qué extrañas ideas cruzarían tu cabecita de niña mimada!
La silenciosa magia del momento se rompió con el ruido de las llaves en la cerradura. Te incorporaste rápida y corriste hacia tu padre.
Las pruebas médicas no confirmaron los malos presagios y aquellos momentos quedaron olvidados. Hasta ahora”.
Y ahora, precisamente ahora, me haces esa pregunta. Ahora que tus ojos no cascabelean. Ahora que tu mirada penetra mi mente. Ahora que tampoco sé qué contestarte.
-Amá, ¿estás dormida o qué? Respóndeme. ¿Qué echarás en falta cuando hayas muerto?
Mis pensamientos giran como locos y mi corazón grita en silencio: te echaré en falta a ti, mi querida niña, tan llena de luz y de sombras, tan llena de día y de noche. Pero rápida, sincera pero improvisando, contesto:
-Os echaré en falta a vosotros, mis hijos. Los pequeños momentos que hemos vivido sin saber apreciarlos y sin ser conscientes del hilo invisible que nos unía. El estar sentados alrededor de la mesa de la cocina, nuestras conversaciones mientras cocinamos o comemos… En definitiva, añoraré el estar juntos, cada uno a lo suyo, pero sintiendo ese algo tan especial que nos une, aunque no lo expresemos: eso que sólo valoramos cuando pensamos que lo podemos perder.
Me miras poco convencida. Sabes que te oculto algo y estás decidida a seguir indagando… Sigues preguntando empeñada en conseguir más respuestas, empeñada en llegar al fondo de mi mente y de mi corazón.
-Puede que eso sea cierto. Pero, ¿no añorarás algo más?
Rauda viene a mi mente una situación que se repite con cierta frecuencia y que siempre ocurre al atardecer. Voy por la calle, el día es claro y hay una extraña sensación de calma que convive con un ambiente bullicioso y alegre. El ruido me agrada y siento una especie de unión con todas las personas cercanas. Siento ganas de saltar, de correr para abrazar a la gente. Luego, ensanchando mis pulmones y estirando mi cuerpo me bebo la vida a borbotones. Enseguida, pienso que cuando ya no esté habré perdido todo eso.
Pero mi boca, ahora también, se niega a expresar esas vivencias. Porque tengo la convicción de que, en definitiva, cuando muera no echaré nada en falta porque todo se habrá acabado. Tú también, niña de marfil, tú también habrás acabado.
Y mis labios se van por otros derroteros.
-Sí, hija. Añoraré algo más. El mar y mis paseos. Y mi calle. Y esta casa, que también es la tuya, con sus pequeñas cosas: mi música, mis libros, mis cuadros… Y mi gente. Y todas las nimiedades que hacen que yo sea yo.
Has cerrado los ojos. Quizás cansada o quizás pensativa. Y yo he aprovechado, esta vez sin disimulo, para mirar tu pelo lacio, tu rostro pálido y sin brillo,
3
tus manos de adolescente anoréxica… ¿Estarás imaginando, hija, lo que echarás en falta cuando ya no estés?
“Abierto está el piano…
Ya no roza el marfil aquella mano
Más blanca que el marfil.
La tierna melodía
Que a media voz cantaba, todavía
Descansa en el atril…”
(Ricardo Gil, de Tristitia Rerum”)
Dedicado a Ane que logró superarlo
y a su amá, Nerea, que hizo lo imposible
para que lo lograra. Yo lo sé, porque
Nerea era y es mi amiga.
PILAR PEREA