Era otoño. Uno de aquellos días de fuerte y templado viento del sur. La noche asomaba ya entre los agitados nubarrones y las nueces caían golpeando el suelo de los nogales ya desnudos. Nosotros las recogíamos del suelo, rompiendo con las manos la piel parda y carnosa que aun cubría alguna de ellas.
Nuestra
madre nos apremiaba
¡ Daros
prisa! ¡Está anocheciendo y pronto
lloverá!
Fue el
crujido de sus pisadas en la hojarasca lo que, antes de verle aparecer entre los
árboles, me hizo sentir su presencia .
Caminaba despacio, mirando a todas partes, como si estuviera perdido. Poco a poco fue acercándose a nuestra madre
que le miraba expectante apoyada en el tronco de un nogal.
Él no me había visto aún y permanecí donde
estaba, paralizado por un extraño
temor. No conseguía oír sus palabras,
pero vi cómo mi madre extendía su brazo
en una dirección y luego en otra, como si quisiera indicarle algún camino .El
hombre inició el ascenso por la pendiente que culminaba en una vereda, fuera ya
del campo de nogales y que conducía a las casas cercanas.
Al rato
empezó a llover y cubrimos la cesta
llena de nueces con un saco de
harpillera. Mis dos hermanos mayores cargaron con la cesta y comenzaron a subir
la cuesta por la que unos minutos antes
había subido el desconocido.
Permanecí
en el sitio , cobijado bajo el nogal y embargado por aquel oscuro sentimiento
del que no podía desprenderme desde el momento en que lo había visto aparecer.
¡Date
prisa!..¿quieres quedarte a dormir ahí o qué?- La voz de mi madre me hizo
reaccionar y eché a correr cuesta
arriba hasta que los alcancé. Recorrimos
en silencio y con paso apresurado el corto trayecto hasta llegar a nuestra
casa.
A llegar,
bajo el pórtico iluminado vimos a nuestro padre hablando con el desconocido .
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Mi madre se paró envarada y nos ordenó
entrar en la casa.
Desde la
cocina oí discutir a mis padres. La voz de mi madre sonaba crispada y cortante.
La disputa duró poco. Cuando entró, observé que tenía la boca cerrada, con una
mueca que torcía ligeramente la línea de sus labios. Conocía muy bien esa expresión. Esa línea que era la
barrera infranqueable que contenía todos los pesares de mi madre. Abrió la
ventana con brusquedad y antes de que cerrara los portalones exteriores vi por
unos instantes a mi padre dirigiéndose con el desconocido hacia el establo
situado a pocos metros de la casa y en cuya planta inferior estaba el gallinero
y las conejeras.
Aquella
noche me metí en la cama de mi hermano y cuando apagamos la luz le pregunté por
el forastero.
Me da miedo- le confesé.
Es sólo un
vagabundo- me respondió- No tiene casa y
papa le ha dejado dormir con las gallinas, eso es todo. No tengas miedo
.Duérmete.
Me
acurruqué contra mi hermano .La tormenta había estallado y los truenos se
sucedían acompañados por relámpagos, que iluminaban por momentos la habitación
.Mi hermano se durmió enseguida. Al rato también dormía yo, acompasando mi
respiración con la suya.
A la mañana
siguiente se respiraba un aire fresco y el sol asomaba radiante en un cielo
casi despejado. Mi madre trajinaba en la
cocina con las ventanas abiertas y ya no parecía enfadada. Me sentía contento
de nuevo.
Mientras
desayunaba vi que mi padre cavaba en la huerta un agujero muy grande donde poco
más tarde enterró las tres gallinas que un rayo había fulminado durante la
noche.
El
vagabundo se había ido.
Maite
Arrieta
